martes 25 de marzo de 2008

balada del mío amore (para elMiniChico)

- Pero, pero ¿qué cojones queréis las tías?- preguntó un día lejano un amigo despechado. Estábamos sentados en el césped húmedo de un parque, viendo a los adolescentes darse unas galletas de la muerte con los monopatines.
- En serio, ¿qué coño queréis de nosotros?- insistió.
- ¿Qué es el ser, qué es la esencia, qué es la nada, qué es la eternidad??... - contesté yo, poniendo voz de Julián Hernández, intentando no entrar en materia.
Mi amiga laViajera sentenció, tras una calada de porro especialmente larga:
- Queremos cariño y una buena polla.
Yo sonreí y asentí, completamente convencida de tan simple aseveración. (Fue hace mucho tiempo, era muy joven... en fin, hubo años en que realmente creí que con eso bastaba. Cariño y una buena polla. Que no es poco, si lo piensas).
Mi pobre amigo, el despechado, se había roto los cuernos detrás de una tía que tenía, digamos, más altas aspiraciones. Había hecho todo lo que pone en las Cosmopólitans que nos gusta a las tordas: lo de las flores, cenas con velitas, paseos de la mano, nos tomamos nuestro tiempo, nada de polvos en la trasera del coche, reina mía, te mereces una suite de hotel y tres orgasmos por lo menos... Y ella, después de un mes y pico de marear la perdiz, le había dicho que en realidad lo veía como a un amigo. Ayyy, qué dolor...
- No has contado con el factor suerte. Ni con el factor chispa. - Le dije yo, intentando explicar lo inexplicable.
- Ni con el factor su putísima madre - Contestó, más cabreado aún, con lo que decidí guardarme mis teorías y seguir fumando en silencio.
No mucho tiempo después, me convertí en una universitaria resabidilla que había decidido que incluso el cariño sobraba, porque lo realmente importante en una relación era la polla, of course, y la conexión metafísico-tántrica-intelectualoide. Conectar, conectar, ésa era la clave. Sólo que muchas veces sólo me encontraba un enchufe (vía carnal, para entendernos).
Apareció entonces elChico, que no me pegaba nada, que me gustaba pero, uf, no iba a mi rollo. Y él, dale que te pego, no paraba de insistir. Yo traté de disuadirle con lo de la metafísintelectualidad de los cojones, y le pregunté a traición, con la boina de existencialista calada hasta los ojos, y el mar de fondo, que qué le inspiraba el horizonte.
Ahora la caga, pensaba yo, que había calculado posibles respuestas y suponía que ninguna iba a estar a mi altura de intelectual de altos vuelos. Y va elChico y me dice:
- No sé, pero me dan unas ganas de abrazarte fuerte, fuerte...
Glups. Adiós a todas mis teorías. Adiós, bragas, que habéis caido hasta mis tobillos. Y así hasta el día de hoy, en que, querida barriga, mira cómo me hallo.
¿Qué hizo una en otras vidas para merecer ésta suerte? No lo sé. Sigo creyendo que la suerte tiene que ver algo. La suerte, Zeus todopoderoso, o qué sé yo, tiene importancia, pero sólo en un principio. Luego el tema es currarse la relación toditos los días. Toditos los días te quiero, toditos los días buscar el rato de estar achuchaos, toditos los días qué tal el trabajo, toditos los días no te preocupes que lo vamos a arreglar juntos...
Tu padre y yo, querida barriga, tenemos la absurda teoría de que, si todo el mundo tuviera, en algún momento de sus vidas, un poco de lo que tenemos nosotros, otro gallo cantaría. Habría menos guerras, menos injusticias... Tenemos esa absurda teoría, y por eso vas a venir al mundo, que es un sitio por lo general lleno de caca de pañal, pero que creemos que va a mejorar con tu presencia.
Qué par de ingénuos, eh?...
Ya te digo...

martes 18 de marzo de 2008

cuento de marzo

La voz del mensajero sacó a Lucas Perdí de sus pensamientos:
- ¡Empleado mil setecientos veintitrés!
Lucas se levantó de la silla, intrigado, y asomó la cabeza por encima del cuchitril que le servía como puesto de trabajo.
- Aquí.
Todas las cabezas de los empleados de la planta noventa y nueve de la World Industial Corp. se volvieron para mirarle, asomándose por encima de sus respectivos cuchitriles. Se hizo un silencio extraño durante un par de segundos. Después volvió el murmullo de teclados y conversaciones telefónicas. El mensajero llegó hasta el puesto de Lucas y lo miró con una expresión extraña. Más tarde Lucas comprendió que era una mezcla entre compasión y envidia.
- ¿Empleado mil setecientos veintitrés?
- Soy yo.
- Firma y sello, por favor - dijo, tendiéndole un papel amarillo.
- Bien, gracias.
Lucas firmó, selló, se despidió del mensajero sin mirarle y se dejó caer en su silla giratoria, con el papel amarillo frente a los ojos:
"Estimado Sr.:
Por la presente le comunicamos que, tras un estudio de su rendimiento durante los ocho años como empleado nº mil setecientos veintitrés de nuestra Compañía, hemos decidido prescindir de sus servicios.
Reciba un cordial saludo."
Lucas suspiró. Se levantó despacio, vació una caja de folios y abrió su cajón. Paseó la mano por encima de grapadoras, clips, rotuladores fosforescentes y libretas, sin decidirse a coger nada. Dejó la caja de folios en el suelo y suspiró de nuevo. No había nada que quisiera llevarse. Por otra parte, no había nada que le perteneciera: en ocho años no se había llevado ni una sola fotografía para adornar su cubil. Vaciló un momento antes de coger el Calendario Artístico 2008 de la Asociación de Paralíticos Cerebrales, y finalmente se lo metió en el bolsillo del pantalón. Cogió su chaqueta y se dirigió a la Puerta. Roberta, la empleada mil cero quince, salió al pasillo.
- Te vas, hijo.
- Sí, señora - contestó Lucas, con una sonrisa triste. Roberta, sesenta y pico años, pelo gris, gorda, era la única persona de la oficina que le daba pena no volver a ver.
- Buena suerte, querido.
Lucas quiso abrazarla, pero se contuvo. Asintió con la cabeza y salió a la escalera. Bajó los noventa y nueve pisos sin pensar prácticamente en nada, y antes de alcanzar la calle dio cinco vueltas en la enorme puerta giratoria del hall.
- Para despedirme - pensó, mientras se percataba de que uno de los conserjes lo miraba con el ceño fruncido.

Caminó unos diez minutos hasta la parada del autobús que le llevaría a su casa y se sentó a esperar.
- Lucas Perdí - se dijo en voz alta- tu vida como fracasado ha fracasado.
Le sonrió al chófer, pagó su billete, e hizo el corto trayecto como en un sueño.

Al llegar a casa estaba de bastante buen humor. Al fin y al cabo, era extraño poder sentarse en el sofá y estirar las piernas antes de las nueve de la noche. Fue a la cocina y se frió un par de huevos.
- Uy - exclamó, divertido- si no tengo pan para untar.
Salió a la escalera canturreando algo así como "el pan pan pan para uuuuntar un buen par par par de huuuuuevos fritos es fun fun fun damentaaaaal", y llamó al timbre de la puerta B. La señora Mirendelli abrió de inmediato.
- Lucas - dijo, exagerando el gesto de sorpresa - qué pronto has venido hoy.
- Me han echado.
- Vaya, lo sieto.
- Oh, no, no, la verdad es que... Bueno, ahora estaba... a punto de cenarme unos huevos fritos.
La señora Mirendelli sonrió:
- Y no tienes pan.
- Me preguntaba si sería tan amable...
- A mí siempre me sobra casi la mitad, querido - dijo, mientras se alejaba por el pasillo, para volver un segundo después con un buen trozo de hogaza gallega.
- Gracias, señora Mirendelli.
- De nada, precioso. Vete rápido, que se te van a enfriar esos huevos...

Lucas pensó que hacía tiempo que no cenaba tan bien y tan agusto. Encendió el televisor un rato, pero, para variar, no daban nada interesante, así que decidió meterse a la cama. Se encontraba realmente agotado.
- Bueno, - se dijo - mañana veremos qué hacer. Consideraré las opciones y...
Se durmió casi de inmediato.

Serían las tres de la mañana cuando le despertaron unos insistentes maullidos.
- Oh, no. Justo hoy, qué pereza...
Dio un par de vueltas en la cama, tapándose la cabeza con la almohada, pero los maullidos no le dejaban volver a conciliar el sueño.
- Miiiiaaaaaau... miiiiiaaaaauuu...
- Demonios - gruñó Lucas, levantándose, y se puso la bata de rayas sobre el pijama.
Salió a la escalera arrastrando las pantuflas, y volvió a llamar al timbre de la puerta B. En ésta ocasión tuvo que insistir un par de veces, hasta que la señora Mirendelli abrió la puerta frotándose los ojos.
- Lucas, querido...
- Disculpe, señora.
- Oh, no te preocupes. Yo también estaba oyendo maullar a esa desconsiderada. ¿Te encargas tú, verdad?
- Por supuesto, descuide. Pero necesito que me preste la escalera.
- La escalera de mi difunto marido.
- Ésa.
La señora Mirendelli rebuscó en el bolsillo de su bata y le tendió a Lucas una llavecita.
- Ya sabes, querido. Abres la puerta del trastero, y a la izquierda está apoyada la escalera. Tú te entenderás con esa... esa desconsiderada.
- No se preocupe, señora Mirendelli. Gracias. Intente volver a dormir.
Lucas bajó al trastero y recogió la escalera, mientras seguía escuchando los maullidos, cada vez más insistentes.
- Miaaaaaauuu....
- Ya voy... - refunfuñó, mientras se aseguraba de que la escalera estaba bien apoyada en la Luna. Al comenzar a subir, entre el frío, los maullidos, y la desagradable circunstancia que supuso perder la pantufla izquierda en el peldaño número cincuenta y ocho, Lucas notó que se empezaba a cabrear. Pero, una vez atravesada la barrera de las nubes, fue tranquilizándose, y al llegar a la Luna estaba casi de buen humor.
- Marguerite - llamó.
La gata le daba deliberadamente la espalda. Emitió un últmo maullido lastimero antes de volverse hacia Lúcas. Se dirigió a él con sus elegantes pasos, y sus enormes ojos verdes mirándole fíjamente.
- Marguerite, querida - titubeó Lucas - ésto no puede seguir así. Yo...
- Oh, vamos, no me regañes - dijo la gata- Soy yo la que debería estar enfadada. Sé que te han pasado cosas, y no parece que tuvieras pensado venir a contármelas...
- Pero, pero... ¿lo del trabajo? Apenas hace unas horas... Yo, yo...
La gata trepó por el pijama y se enroscó en el cuello de Lucas, quien ya estaba empezando a dar la batalla por perdida.
- Vale, siéntate y me cuentas...
Sorprendido, Lucas vio cómo la gata Marguerite saltaba al suelo de la Luna, llegaba hasta la escalera, y, como quien no quiere la cosa, la empujaba con su elegante patita.
Aún más sorprendido, Lucas vio cómo la escalera del difunto marido de la señora Mirendelli caía y caía hacia la tierra.
La gata volvió hacia él, ronroneando.
Lucas suspiró -era el tercer suspiro en pocas horas-, se acomodó en un cráter, y empezó a relatar:
- "¡Empleado mil setecientos veintitrés!", dijo el mensajero, sacándome de mis pensamientos...








viernes 14 de marzo de 2008

el síndrome de luis aragonés y las desventajas de la herencia genética.

Con las embarazadas pasa como con el seleccionador nacional de fútbol: todo el mundo sabe muchísimo del tema. Los que no han pisado el césped en su vida, están capacitados perfectamente para asegurar que es mejor sacar a tal o cual delantero en vez de ese otro, o plantear un cuatro-tres-tres en lugar de un tres-cuatro-tres (o algo así, que yo de eso no tengo ni zorra).
Lo mismo le pasa a cierta gente cuando tiene una barriga abultada delante: aunque no haya estado embarazada, ni su pareja haya estado embarazada, ni tenga sobrinos, ni nada, sabe del tema muuuuuucho más que yo, que estoy de casi cinco meses y he ido a médicos, matronas, ginecólogos, tocólogos, etecé, y lo estoy viviendo en carnes propias.
Ejemplo:
El otro día estuvimos elChico y yo cenando en casa de unos amigos y coincidimos con una pareja que, bueno, fueron relativamente amigos nuestros hasta hace un tiempo. Antes la relación era buena, hasta que empezaron a ganar más dinero, se compraron un coche más grande, se afiliaron a cierto partido -al que hasta entonces habían puesto a parir- y renegaron de todo ideal profundo para pasarse a la filosofía del "cuanta más pasta mejor", y del "soy más listo que nadie, tó pa mí, y los demás que arreen". Supongo que soy una envidiosa y una orgullosa, pero no soporto que me miren por encima del hombro. Y menos gente a la que considero bastante más tonta que yo, como es el caso de los superTriunfadores éstos. En fin, a lo que iba:
Los anfitriones sacaron el papeo, y como los entrantes consistían en variedades de embutidos, -yo ahora no puedo comerlos- , a mí me sacaron unos espárragos. Transcribo la conversación con la superTriunfadora:
sT: - Dudo, chorizo a la sidra sí que puedes comer.
Yo: - No, de verdad que no puedo.
sT: - Que sííí, tonta, que te lo explico: lo que no puedes comer son embutidos crudos, pero el chorizo a la sidra está cocinado, mujer.
Yo: -No, no puedo comer chorizo porque...
sT: (interrumpiendo y perdiendo la paciencia): que puedes comer. Que lo que pasa con los embutidos es lo de la toxoplas... eso, esa, ¿no?, pero mi vecina me ha dicho que es sólo con los crudos, que el chorizo a la sidra está cocinado, ¿sabes? (ese "¿sabes?" venía con un tonillo... mmm... os lo imagináis, ¿no?)
Yo: - Sí. Lo sé. No puedo comer chorizo porque me sienta mal de toda la vida. Me da cagalera. Cuando no estaba preñada, de vez en cuando me daba un capricho choricero, pese a las consecuencias, pero ahora, francamente, no creo que sea lo más conveniente comer algo que sabes que te sienta mal.
sT: - Ah, pues qué putada, con lo bueno que está. En fin. ¿Sabes lo de los gatos? ¿Que también contagian la toxina esa? Yo cuando me vaya a quedar embarazada me juntaré con un montón de gatos, para pasar la enfermedad, y así, con el bebé podré comer lo que quiera y punto.
Yo: - Bueno, lo de la toxoplasmosis no funciona exactamente así...
sT: - Sí, si a mí me lo ha dicho mi vecina. Ah, por cierto, supongo que estarás acojonada con lo del parto, ¿no?
Yo: - Pues no, mira, me preocupan un montón de cosas, pero el parto, en concreto, no demasiado.
sT: - Pues debería, porque es horrible, horrible (¿he dicho ya que ésta tía no tiene hijos?)
Yo: - Hombre, me imagino que...
sT: - Calla, calla, me han contado unas cosas... espeluznantes... un sufrimiento... no te puedes hacer una idea. No te habrías quedado embarazada si supieras lo que yo sé.
Yo: - ...-
Me callé, anonadada. Tenía que haberle respondido que vaya, que yo pensaba que parir era un fiestón en el que a todos nos iban a dar fanta, gusanitos y matasuegras, y que no me iba a poder parar de reír. Pero me callé. Alucinada.
No soporto a la gente así, me subleva. Serán las hormonas, como dice Gladiator, pero la verdad es que me pone de muy mala ostia.
Lo mismo pasó cuando se nos ocurrió enseñar a los amigos la primera ecografía:
- Haaaala, ¡qué cabezón! Pero, pero, éste cabezón no es normal, ¿no? Es desproporcionado, joder.
Yo tragué saliva, tragué saliva y volví a tragar, mientras elChico, que, afortunadamente, se toma éstas cosas con bastante mejor humor, contestaba:
- Claro que es cabezón, ha salido a mí, je, je.
En fin.
Curiosamente, la persona que con más delicadeza ha tratado mi preñez ha sido un antiguo compañero de la Uni, al que la paternidad le queda bastante lejos, cosa que no le incapacita para ponerse en el lugar de una. Estuve con él hace muy poco, y me escuchó y me habló con una ternura increíble.
Fue una lástima que la conversación se viera interrumpida por una sorprendente llamada de mi padre desde un número desconocido:
Yo: - ¿Sí?
Papá: - Hija... eh... no tendrás unas pinzas en el coche...
Yo: - (aterrizando) ¿Pinzas? ¿qué? ¿desde dónde llamas?
Papá: - El coche, que me ha dejao tirado... me he debido dejar las luces dadas, o algo... y estoy sin batería. Me he metido a una oficina que había aquí cerca, porque el móvil, je, je, también se me ha quedado sin batería, ejem... ¿tienes pinzas, entonces?
Yo: - Pues creo que no. Llama a elChico, a ver si él sabe lo que hay que hacer. Y dime dónde estás, que voy para allá.
Me quedé un segundo preocupada, mirando a mi barriga. Está claro que lo de la torpeza es genético, y a mí me viene por la línea paterna. Así que, pequeño, más vale que en eso salgas a tu abuela...
Saludos, torpes.

lunes 10 de marzo de 2008

can gazà

El pasado domingo por la noche estaba medio sopa en el sofá, con el dedo pegado al mando de la tele, (desde que tengo la mieeeeerda de la tdt tardo una hora en hacer zaping por las cinco mil chorra-cadenas), y se me paró el chisme en la 2 de tve.
-¡Córcholis!- exclamé, contrariada - ¡Justo ahora, traidor, te quedas sin pila!
Me quise levantar a cambiar de canal o a apagar directamente la tele, pero el sofá no me soltaba. Horrorizada, vi que empezaba un documental.
- ¡Dios mío, no! No quiero. Quiero ver algo tonto, que no me haga pensar. Que es domingo, es tarde, mañana a las séis cincuenta suena el puto despertador, por favor, por favor... -
El esfuerzo fue inútil. No me respondieron los músculos, creo que por el peso de la barriga. Así que ahí me quedé, abducida, viendo "Crónicas: Can Gazà".
Can Gazà es una casa que está cerca de Palma de Mallorca en la que viven una veintena de hombres de entre cuarenta y sesenta años. Todos ellos se han visto marginados de la sociedad, la gran mayoría por méritos propios, cosa que asumen y reconocen. Y al final de sus vidas (no tienen una gran longevidad, por los excesos cometidos), han ido a dar a una especie de comuna autogestionada en la que nadie pregunta, nadie juzga, todos arriman el hombro y tratan de llevar una existencia digna.
Realmente, dignidad era lo que se desprendía de sus miradas, de sus palabras. Me impactaron sobre todo un par de miembros de ésta "comuna":
el primero, un ex alcohólico, cirrótico, cojo y demacrado, que había pasado séis años en la cárcel por acumular condenas de maltrato a su mujer. Confesaba que "la he pegao hasta reventarla". Que se moría de la vergüenza, que nunca podría pagar el daño que le hizo a ella, a sus hijos y a sí mismo. Que, de niño, había odiado a su padre por hostiar a su madre cuando estaba borracho, y luego él había hecho exactamente lo mismo. Emborracharse y hostiar a la parienta, que es la que más a mano está. Y que temía que sus hijos hicieran lo mismo con sus mujeres, al haberlo aprendido de él. Lloraba, en la entrevista.
Yo lo miraba y pensaba "pero qué hijoputa", pero ahí estaba, asumiendo su culpa, asumiendo que a él no le daba tiempo ya a aprender a hacer las cosas de otra manera. Decía que había pensado en volver con su mujer, que igual, otra vez, como tantas otras, ella lo volvía a perdonar. Y que, como sabía que al final volvería a maltratarla, se mantenía lejos.
El otro era un ex yonqui absolutamente consumido por la heroína y enfermo de sida. Contaba que había hecho auténticas barbaridades por conseguir una dósis, que ni se acordaba de las veces que había robado a sus padres. Que cuando era joven culpaba de su adicción a la sociedad. Y que luego se había dado cuenta de que se había metido en el hoyo él solito. Llevaba diez años limpio, pero contaba que la reinserción es imposible "con ésta cara de yonqui, con ésta pinta... todos te miran, te desprecian. En parte, llevan razón".
Me recordó mucho a un tío que trabaja conmigo, en Villatomarpor. Es un poco el "chico para todo", y soporta que le traten como a un niño tontaina, aunque pasa de los cuarenta. Ha pasado por la cárcel y tiene secuelas bastante graves de sus años de heroinómano, pero es el primero que llega por las mañanas a laOfi, con el mocho en la mano, aunque caigan chuzos de punta. Otro que también intenta sobrevivir con dignidad después de años de joderse la vida.
Vuelvo al reportaje de la 2: al ex alcohólico maltratador y al ex yonqui: ahí estaban, los dos. Uno cuidando a las gallinas, otro encargándose de cocinar. "Vamos a ver si nos duchamos todos, todos los días, que si no, en el comedor no hay quien pare, con cuarenta tíos sudaos..." "Otra vez alubias, joer, qué semana más espléndida llevamos..."
Impactante, escalofriante, duro, y a la vez, esperanzador reportaje. A mí, por lo menos, me ha dado qué pensar. Pensar no ya en lo que ésta gente ha hecho con sus vidas, sino en cómo se puede aprender de sus errores. Qué tenemos que hacer con los niños de ahora para que no sean maltratadores mañana, y todo eso. Hace un par de años, cuando recogía a mi sobrino todas las tardes al salir del colegio, me di cuenta de que todos los padres se preocupan por si a su hijo le acosan -con lo que sale ahora en la tele, ésto del acoso-, pero no por si su niño fríe a collejas diariamente al compañero de delante, o le toca el culo por sistema a la niña de las trenzas, o se queda con la merienda de otro todos los recreos...
Eso. Que la culpa no es "de la sociedad", pero todos somos un poquito responsables. Al menos, de la parte que nos toca. Que es más gorda de lo que queremos asumir.
Saludos.