- Bueno, pues ya pasa una semana desde que saliste de cuentas, así que te vamos a inducir el parto. Te vienes el jueves con tu canastilla, entras por Urgencias y ya te enchufamos el gotero y el monitor.
- Pero, pero, ¿y no se puede esperar un poco más? Hasta el lunes, o así, digo yo, que ya saldrá él cuando le toque...
- Hasta el lunes, dices... mmm... no, no. Que es mucho tiempo. Tú no te preocupes. Te vienes el jueves, ¿eh, bonita? a las nueve de la mañana. Y tranquila, que todo va a salir bien.
Salí de la consulta de la tocóloga pelín enfurruñada, porque lo del parto inducido no entraba en mis planes. En la sala de espera mi madre nos miró salir a ElChico y a mí con cara de intriga.
- El jueves eres abuela - le dijo ElChico.
Y nos fuimos para casa, a hacernos a la idea. Mi idea, en concreto, era que, jolines, no entendía por qué no se podía esperar a que el pequeño decidiera salir por su cuenta. Claro, es que es puente, pensé yo, y se van a quedar cuatro médicos de guardia, y no quieren que nos pongamos a parir tropecientas tías el finde, así que los provocan el jueves y se quitan curro de encima, siesque, siesque...
Total. Que al final, el jueves entrábamos ElChico y yo en Urgencias, contentos-asustados-felices-acojonados-dudosos-temerosos-espectantes-ansiosos. Y sí, me enchufaron el gotero con la famosa oxitocina que provoca contracciones. Zumba, zumba, zumba, vaaaaya si provoca contracciones, la oxitocina de las narices. Mi útero parecía un acordeón.
- Aquí estamos - le dije al pequeño por vía interna - y te va a tocar salir. Que sí, venga, que fuera hay más espacio...
Cogí mi libro (Orígenes, de Maalouf, gracias, Cecilia), e intenté distraerme y relajarme. ElChico hacía fú-fú-fú conmigo y me cogía la manita cuando venían contracciones. De vez en cuando venían enfermeras: que si a ver cómo estás, que si te rompo la bolsa, que si quieres la epidural, que si ya estás completa, que si nos vamos al paritorio que éste niño viene ya.
- La ostia - pensé yo - la ostia, hijo, que ya vienes. Tú tranquilo. Mamá está aquí. Contigo. Empujando. Uf, la ostia. La ooooooooooooostia...
Y salió.
Oí su llanto.
Y lo pusieron sobre mi pecho.
Y ví esos ojos tan abiertos, que ya lo miraban todo, lo analizaban todo, lo querían aprender todo.
Y toqué su cuerpecillo húmedo, ensangrentado, caliente.
Y ví su cara.
Y todo dejó de doler.
Y todo tuvo sentido.

- Pero tócale, dí algo, que es tu hijo - le digo a ElChico, toda emocionada.
- Es que me lo estoy aprendiendo... - me contesta, con una sonrisa que le da una vuelta completa a la cara.
Y ya estamos en casa. En nuestra casa, que parece el Portal de Belén, con todo dios viniendo a adorar al Niño. El caos organizativo inicial va remitiendo, entre otras cosas porque éste crío es un cielo: apenas llora, mama que da gusto, caga que te cagas, se echa sus eructitos y duerme tranquilo casi toda la noche.
Gracias por las enhorabuenas. Intentaré visitar vuestros sitios en breve, aunque ahora el tiempo se pasa sin sentir sólo mirándole, y mirándole y besándole y abrazándole...
Ñoña estoy, pero qué cojones. Me toca.
Saludos!!!