miércoles 20 de agosto de 2008

...and then I saw his face, now I´m a believer...

- Bueno, pues ya pasa una semana desde que saliste de cuentas, así que te vamos a inducir el parto. Te vienes el jueves con tu canastilla, entras por Urgencias y ya te enchufamos el gotero y el monitor.

- Pero, pero, ¿y no se puede esperar un poco más? Hasta el lunes, o así, digo yo, que ya saldrá él cuando le toque...

- Hasta el lunes, dices... mmm... no, no. Que es mucho tiempo. Tú no te preocupes. Te vienes el jueves, ¿eh, bonita? a las nueve de la mañana. Y tranquila, que todo va a salir bien.

Salí de la consulta de la tocóloga pelín enfurruñada, porque lo del parto inducido no entraba en mis planes. En la sala de espera mi madre nos miró salir a ElChico y a mí con cara de intriga.

- El jueves eres abuela - le dijo ElChico.

Y nos fuimos para casa, a hacernos a la idea. Mi idea, en concreto, era que, jolines, no entendía por qué no se podía esperar a que el pequeño decidiera salir por su cuenta. Claro, es que es puente, pensé yo, y se van a quedar cuatro médicos de guardia, y no quieren que nos pongamos a parir tropecientas tías el finde, así que los provocan el jueves y se quitan curro de encima, siesque, siesque...

Total. Que al final, el jueves entrábamos ElChico y yo en Urgencias, contentos-asustados-felices-acojonados-dudosos-temerosos-espectantes-ansiosos. Y sí, me enchufaron el gotero con la famosa oxitocina que provoca contracciones. Zumba, zumba, zumba, vaaaaya si provoca contracciones, la oxitocina de las narices. Mi útero parecía un acordeón.

- Aquí estamos - le dije al pequeño por vía interna - y te va a tocar salir. Que sí, venga, que fuera hay más espacio...

Cogí mi libro (Orígenes, de Maalouf, gracias, Cecilia), e intenté distraerme y relajarme. ElChico hacía fú-fú-fú conmigo y me cogía la manita cuando venían contracciones. De vez en cuando venían enfermeras: que si a ver cómo estás, que si te rompo la bolsa, que si quieres la epidural, que si ya estás completa, que si nos vamos al paritorio que éste niño viene ya.

- La ostia - pensé yo - la ostia, hijo, que ya vienes. Tú tranquilo. Mamá está aquí. Contigo. Empujando. Uf, la ostia. La ooooooooooooostia...

Y salió.

Oí su llanto.

Y lo pusieron sobre mi pecho.

Y ví esos ojos tan abiertos, que ya lo miraban todo, lo analizaban todo, lo querían aprender todo.

Y toqué su cuerpecillo húmedo, ensangrentado, caliente.

Y ví su cara.

Y todo dejó de doler.

Y todo tuvo sentido.


- Pero tócale, dí algo, que es tu hijo - le digo a ElChico, toda emocionada.

- Es que me lo estoy aprendiendo... - me contesta, con una sonrisa que le da una vuelta completa a la cara.

Y ya estamos en casa. En nuestra casa, que parece el Portal de Belén, con todo dios viniendo a adorar al Niño. El caos organizativo inicial va remitiendo, entre otras cosas porque éste crío es un cielo: apenas llora, mama que da gusto, caga que te cagas, se echa sus eructitos y duerme tranquilo casi toda la noche.

Gracias por las enhorabuenas. Intentaré visitar vuestros sitios en breve, aunque ahora el tiempo se pasa sin sentir sólo mirándole, y mirándole y besándole y abrazándole...

Ñoña estoy, pero qué cojones. Me toca.

Saludos!!!

martes 12 de agosto de 2008

Georgia

En las noticias sale Georgia.
¿Qué es Georgia? Un sitio con gente muerta. Un lugar en el mapa con gente que llora muertos. Una mujer abrazando un cadáver. Una casa en ruinas. Un niño asustado y cubierto de polvo.
No tengo ni puta idea de cuál es el meollo del asunto de Georgia.
Así que voy a Google. Busco Osetia, Rusia, Georgia, etc. Leo lo que dice la wikipedia. Leo la página de Cambridge University. Leo los periódicos.
Y no me entero.
No me entero de qué va la cosa.
La cosa es que entran tanques a ciudades y pueblos, la cosa es que aviones lanzan bombas que matan gente. Eso es lo que registra mi cerebro. Lo demás, nada. No lo consigo entender. Ni los intereses de unos, ni los de otros, ni la postura de Naciones Unidas, ni nada. Mi cerebro sólo registra llanto, muertos, ruinas.
Guerra.
Y me acuerdo de otra guerra, de aquella guerra que nos retransmitieron en riguroso directo. El Golfo Pérsico, Kuwait, Iraq.
Yo estudiaba primero de periodismo en la Universidad del País Vasco. Vivía en una residencia de estudiantes mixta que había cerca de Bilbao. Recuerdo que estábamos viendo la tele en el salón, y salieron aquellas imágenes en verde. Visión nocturna, decía la locutora. Los bombardeos en directo. Pum, silencio, una estela blanca, otro pum. Recuerdo que una corriente helada subió por mi espalda y me levanté: No lo soporto, dije.
Entonces me habló una chica que también vivía en la residencia. Una chica de diecinueve años, los mismos que tenía yo entonces. Una chica universitaria. Se llamaba Luisa. No creo que fuera mala persona. Y recuerdo que me preguntó qué me pasaba.
Yo repetí que no lo soportaba. Que estábamos viendo la muerte en directo. Que esas bombas caían sobre gente. Que era indignante lo que USA hacía.
Pero, dijo ella, esas bombas no caen sobre gente. Los habrán desalojado de esas casas.
Qué, dije yo, qué dices. Claro que matan personas. Es la Guerra.
No, dijo ella, casi riendo. No te pongas melodramática. Esas cosas ya no pasan. Habrán dado tiempo a que se vayan los niños...
No escuché más. Subí las escaleras de dos en dos hasta mi habitación y escondí la cabeza en la almohada.
Y quise ser Luisa. Creer lo que Luisa creía. Pensar que el mundo era feliz, que no moría gente, que las guerras eran inofensivos avances de fichas en el tablero del Risk. Nunca lo conseguí. Creo que es por culpa de la conciencia. Y de la consciencia. Son dos palabras cuyo significado me explicaron mis padres. Me lo explicaron hasta que lo entendí. Y se quedaron grabadas en mi cerebro defectuoso, en éste amasijo de neuronas deficitarias que no consiguen registrar motivos, razones, que sólo registran llanto, muerte, ruinas.
Llanto, muerte, ruinas. Conciencia. Consciencia.
Voy a tener un hijo. Un niño que no sufrirá por hambre. Un niño al que cuidaré y atenderé cuando esté enfermo, con las medicinas que necesite. Un niño que no empuñará un arma. Un niño que irá a la escuela, que jugará con otros niños. Un niño como deberían ser todos.
Y, cuando empiece a entender, lo haré yo también.
Como lo hicieron mis padres conmigo.
No le hará más feliz. Pero lo haré.
Grabaré en su cerebro la conciencia. La consciencia.
La realidad del mundo en el que vive.
Y no le pediré perdón por hacerlo.
Creo que es lo mínimo.
Creo que es mi deber.

martes 5 de agosto de 2008

Vanidad.

Desde hace un par de semanas soy menos anónima. Puse discretamente en mi perfil mi nombre y mis apellidos. Lo hice un poco porque sí, y otro poco porque alguien que a lo mejor hace que me publiquen algo me lo sugirió, aunque no entiendo muy bien el porqué (no creo que nadie vaya a plagiar éstas humildes letras, la verdad). Bueno, pues lo hice. Y hecho está.
Desde dónde escribo... eso es otra historia. Es que ésto es muy pequeño, y todos nos conocemos. Y yo soy una cobardica, y prefiero el anonimato. Que así puedo hablar tranquila, por ejemplo, de mi trabajo en Villatomarpor sin herir sensibilidades.
¿A qué viene todo ésto?
Pues viene a que mi hermano el pekinés, que está venga a codearse con la élite deportiva española congregada en la capital de China, me ha mandado éste vídeo:

video

Sí, señoras y señores: Amaya Valdemoro, la Mejor Jugadora de Baloncesto Española De Todos Los Tiempos, felicitándome a mí, a mi niño y a miChico. Obviamente, sale mi nombre, y los suyos. Al carajo el anonimato. Pero es que tenía que presumir.

Por cierto, que creo que el enano (actualmente conocido como El Tito Más Enrollao) va a colgar las entrevistas que hizo el otro día en la Villa Olímpica en su blog.

Y eso. Aquí estoy, presumiendo. Entre el bombo y el orgullo, estoy que no quepo por las puertas...

viernes 1 de agosto de 2008

ésta que me mira en el espejo

No sé a cuento de qué ha venido éste miedo a atormentarme éstos días. Ahora, para qué. Para qué puñetas va a servirme estar asustada. Para nada. Nunca sirve para nada. Así que a lo mejor hago lo que he hecho siempre. Tragarme el miedo, masticarlo, digerirlo, escupirlo en forma de mala uva. En forma de cojones. De ovarios. De arrestos, que se decía antes.
Así me lo he tragado siempre. Así he avanzado muchas veces, a trompicones, a saltos, a golpes. Sin miedo -notengomiedo, notengomiedo, notengomiedo-, por mis huevos, sin miedo. Así, lo he usado de combustible. Gasolina de miedo. Alimento de miedo. Miedo digerido, transformado.
Así he aprendido yo a protegerme de él, que siempre ha sido el mismo: miedo a no ser capaz.
Éstos días de pasar calor tirada en el sofá, le ha dado por volver, a mi miedo. Entró por las rendijas de las persianas. Entró caliente, como siempre, y me subió desde los pies. Estaba medio dormida, y al principio no me di cuenta. Pero siguió subiendo, y me agarró la tripa. Entonces me faltó el aire, y me tuve que levantar.
Fuera, cabrón, le dije.
Fuera.
Me salieron dos lágrimas gordas y noté un dolor en el pecho. De pie, frente al miedo, noté que me estaba haciendo pequeña.
Así que abrí la boca y me lo tragué.
Ñam, ñam.
Pero no se dejaba masticar. Se me escapaba entre los dientes. Se me salió de los labios.
Lo intenté una vez más. Pero mi cuerpo no respondía. Mi estómago no quería tenerlo dentro. No quería tener dentro a éste miedo cabrón, ahora no, no puedo, no puedo hacer el esfuerzo de digerir, digerir y transformar el miedo en algo positivo, en algo que me haga avanzar, adelante, aunque sea a golpes, adelante.
Me dejé caer en el sofá. El miedo se había parado, enorme, fuerte, frente a mí.
No te quiero, le dije. No me sirves. Ahora tengo otro combustible.
Olvídame.
Me debió golpear, mi miedo, rabioso. Y me dejó inconsciente un rato. O dormida.
Se movió entonces mi pequeño, dentro de mi, con fuerza, y me despertó. Fui a lavarme la cara, y entonces la vi, en el espejo del cuarto de baño. Ví a ésta que me mira ahora.
A ésta, la que no tiene miedo. La que va a hacer lo que le toca hacer, lo que quiere hacer, sin miedo. Sin tragar nada. Sin golpes.
A ésta. La que es, más que nunca, capaz.