viernes 19 de septiembre de 2008

Pura y las Casualidades.

El día diez se cumplió un año de la muerte de mi abuela. No me gustan éste tipo de efemérides, que son una idiotez, teniendo en cuenta, además, que me acuerdo de ella todos días. Y si es por celebrar, preferiría celebrar su cumpleaños, y no su muerte, que para más cojones fue lenta, penosa y agónica. Pero mis tías son bastante tradicionales, y querían una misa de cabo de año, y juntarnos toda la familia a cenar. A mí lo de la misa me resbaló bastante (no fui), y lo de la cena me pillaba muy tarde y suponía mucho jaleo para el Pequeño Cocú. Pero sí me acerqué al pueblo: quería estar un ratito con mi padre, acordarme de la abuela con él.
ElChico empujaba el carrito de Cocú detrás de mí y de mi padre, camino del cementerio. Por primera vez no me pareció un lugar tétrico, ni frío: el caminito de cipreses que lleva hasta la tumba de mis abuelos me pareció un cauce sereno, como una vía de tren abandonada entre cuyos raíles crece la hierba. Mi padre se subió a la lápida y comentó que en la inscripción había una fecha mal puesta. Yo dije que estaba como los chorros del oro, que se notaba que la tía Carmen había ido hacía poco a limpiar. Había flores frescas y todo. Luego estuvimos en silencio algo menos de un minuto, y nos dimos la vuelta. Al cerrar la puerta con la llave que nos habían prestado bromeamos (vaya, ahora no cierra, serás torpe, no, torpe tú, no, tú más) y nos dimos un paseo, casi hasta el río.
A mi abuela le pilló la guerra en Donosti, donde estudiaba interna en un colegio de monjas. Tuvo la oportunidad de irse evacuada, como muchos otros niños, a Inglaterra, o a Rusia, en los barcos de refugiados que salían de los puertos vascos. Pero no se fue. Huyó a Bilbao con unos amigos de mis bisabuelos, y allí también soportó bombardeos, colas de abastecimiento, hambre. Pasó mucho miedo -ella siempre dijo que era muy cagueta-. Y no se fue. Tenía la esperanza de volver a su pueblo, con sus padres.
Si mi abuela no hubiera sido más cabezona que miedica, probablemente ahora sus nietos se llamarían William o Dimitri, y yo no habría nacido jamás. Fue aquella añoranza de sus padres, de su pueblo, de las tardes de sol junto al río, de las comidas de mi bisabuela, o de las charlas de mi bisabuelo, o de las bromas de sus hermanos... yo no sé de qué se acordaría mientras escondía la cabeza entre los brazos sentada en un rincón de algún improvisado refugio antiaéreo bilbaíno. Pero el recuerdo era lo suficientemente fuerte, lo suficientemente cálido como para enfriar las ganas de huir del horror. Fíiiiu-boum, bombas cayendo muy, muy cerca, y la abuela pensando a ver quién podría darle noticias de su familia, a ver cuándo podría volver. Un día, hablando con ella del tema, me dijo que se decía a sí misma: "Pura, qué vas a hacer tú en un sitio que no hablan más que inglés. Qué vas a hacer tú sola, a ver. Pura, tú con los tuyos. Pura, tú con los tuyos". Tenía miedo de estar sola, y sin embargo, pasó sola la guerra, siempre viviendo de prestado en casa de familia lejana, de amigos de sus padres...
¿Se repetiría aquellas frases como un mantra? ¿Se convencería así de que iba a seguir viva para volver? No lo sé, pero funcionó.
Volvió a su pueblo, conoció a mi abuelo, se casaron, tuvieron hijos, enviudó joven, tuvo nietos, murió. No es justo que ese sea el resumen de una vida, pero es así de simple y de complejo, así de corto: apenas una línea en letra de molde.
Le gustaba leer. Y escribir cartas. Creo que fue feliz. Sufrió, claro. Muchas veces. Quiso, y la quisieron. La quisimos. La queremos. Éso es lo importante.
Cuando pienso una y mil veces las cosas antes de tomar una decisión, cuando analizo cuidadosamente pros, contras y posibles consecuencias, siempre me asalta la duda de si al final tendré yo el futuro en mi mano o simplemente pasará lo que tenga que pasar. Mi abuela decidió quedarse, pero, ¿fue casualidad que no la aplastara una bomba, como a tantos otros? ¿Fue casualidad que no le alcanzara una bala cuando sitiaron Bilbao?
Mi abuelo materno, por otra parte, decidió irse a Madrid a buscar una vida mejor para sus hijos. Pero, ¿fue casualidad que mi padre también hubiera decidido irse a vivir allí? ¿Fue casualidad que allí conociera a mi madre y se enamoraran? ¿Fue una jugarreta del destino que yo apareciera por cierto bar en cierta ocasión y conociera a cierto Chico? No lo sé.
Puede que dentro de sesenta años, mi nieta me recuerde también en una sola frase simple y breve: "Conoció a mi abuelo, se casó, tuvo hijos, tuvo nietos, murió. Le gustaba leer. Le gustaba escribir. Quiso, y la quisieron. Fue felíz".
Un beso de tu nieta, Pura, dondequiera que estés.

lunes 8 de septiembre de 2008

Soy un óleo de Delacroix.

En concreto, La Libertad guiando al Pueblo: todo el día con una teta fuera. Y es que la actividad favorita del Enano es comer, aunque en su ránkin de preferencias no se quedan muy atrás dormir y hacer caca. Oiga, y las tres cosas las hace muy requetebien, mi muchachote.
Ahora que la vida se rige por sus horarios, que las horas se pasan mirándole, me pregunto a veces si habré dado ya el cambio, si seguiré siendo la que era o habré mutado irremediablemente en Madre.
O sea, vamos a ver si me explico: que soy una mami, es impepinable, lógico, obvio. Lo que trato de evitar es perder mi norte, mi criterio, mi dirección. Y la verdad es que, mirando a mi Enano, la brújula se me altera bastante... y me da miedete. Puede que sea porque tengo una tía que ha tenido también descendencia recientemente y el cambio que he visto en ella me ha alarmado. No me gusta que su personalidad se diluyera en favor de un estereotipo de madre abnegada que yo creía superado hace un siglo. Vamos, que no lee ni el periódico, la mujer. Que todo lo que no sean sus hijas le importa un pepino.
Me sigo explicando: quiero estar con mi Pequeño Mamoncete toooodo el rato. Quiero enseñarle los números, los colores, el aire, el sol, las olas del mar, la vida. Quiero que aprenda, de mi mano, a valerse por sí mismo, a distinguir el bien del mal, a pensar. Y eso lleva tiempo, todo el tiempo del mundo. Y se lo voy a dar. Pero para darle la educación que quiero darle, necesito seguir en el mundo, seguir siendo yo en el mundo.
Parece que ésto, tan básico, tan sencillo, requiere esfuerzo. O eso es lo que veo a mi alrededor. Así que a ello me aplico. Torpe, como siempre, pero valiente. Amos hombre, que no se diga.
Porque tengo, además, la suerte de contar con el ejemplo de mis padres, los abuelos, que están batiendo todos los récords de chochez (es que es ver al nieto y se les encienden unas bombillitas en los ojos...) Y tengo a ElChico, que es un padrazo: menos darle teta al Enano, hace de todo, con un afán y una dedicación a-lu-ci-nan-tes. Y con cara de gusto. Y con esa sonrisa que le da la vuelta a la cara y que no ha perdido desde que conoció a su retoñito en la sala de partos.
Sonrisas. Éso es de lo que más hay en mi casa, últimamente. Salen hasta de debajo de las baldosas. Se cuelan por las rendijas de las puertas. Abres la nevera, y hay sonrisas. Le das al grifo, o al interruptor, y hala, sonrisas a manta...

video

Pues eso. Felicidad, paz y amor para todos.

jueves 4 de septiembre de 2008

cuento de septiembre

Vaya mierda.
Me he subido al palomar de la casa Cruces, con el cuaderno, a ver si escribiendo me desahogo un poco. Porque lo de anoche fue una mierda impresionante de gorda y ésta mañana me sentía mal, mal, mal, y aunque había quedado con la tía Roge para que me arreglara las puntas, no he ido.
Ayer cortó conmigo Julen.
Maldito capullo.
Habíamos quedado en las gradas de la plaza de toros portátil, la que montaron para las fiestas y se ha quedado todo el verano. Yo fui sola, y el maldito capullo apareció con el Fleki y con Ramón, que se quedaron esperando en la puerta.
- Va a ser rápido e indoloro-, pensé yo, que ya me lo olía desde hace un par de días.
- Hola, Ata- dijo Julen, de lo más solemne. Y empezó a disparar - Que me dijeron Su y Patri que te gusta Sergio. Que el que te gusta de verdad es Sergio. Y que estás conmigo porque sí, por no estar sola.
- Qué zorras, Su y Patri...
- Sí, de zorras va la cosa. - Ahí me puse blanca, yo. Menos mal que era de noche. Julen siguió a lo suyo: - Que tú mucho ir de guay, de me-gustan-los-libros, de original, y eso, y al final estás por Sergio. El guapito, el cachas, el idiota. No me lo esperaba de tí. Eres superficial, eso eres. Y yo no soy el segundo plato de nadie.
- Esa frase tan estupenda te la han dicho Su y Patri, y te la has ensayado para soltármela aquí.
- ¿Qué pasa? ¿Es que es mentira? ¿Eh?
Yo tenía que haberle contestado. Tenía que haberle dicho que a ver con qué derecho venía él a decirme esas cosas, cuando le he oido decir que estaba conmigo porque estoy buena, que soy una tía rara y un poco tonta, y que lo que le gusta de mí es mi pelo, que nadie lo tiene tan rubio, y mi culo, y que soy casi la primera que tiene tetas en todo el pueblo. Porque todo eso lo ha ido diciendo de mí, el maldito capullo de Julen, y yo le disculpaba porque como es tan flaquito, tan pecoso, con esas gafillas, pensaba que sería un chico más... no sé... Profundo, supongo. Y va y me viene a decir a mí que soy superficial. Yo. La rubia-culo-tetas.
Y no le contesté.
Se dio la vuelta y se fue, con el Fleki y Ramón, los tres descojonándose de mí. El Fleki iba canturreando "Zorra, zooooorra, zooooooooooorra..."
Yo me quedé sentada, sin ganas de llorar ni de nada, y luego me fui a casa a dormir. Y esta mañana me ha reventado toda la rabia dentro, porque estoy harta, harta, harta de ser la rara, de que todo el mundo se crea mejor que yo, de que todas éstas guarras me tengan envidia, de que todos los chicos se crean que me pueden tocar el culo, y de que Sergio sea tan guapo y tan imbécil, y que se lo tenga tan creído. Y que Julen sea subnormal, porque no tiene otro nombre, lo suyo. Bueno sí, dos nombres: maldito, y capullo.
Lo de maldito capullo no he sido yo la primera en decirlo. Me lo ha dicho su abuelo.
Me lo he encontrado cuando venía al palomar.
El abuelo de Julen me daba miedo de cría. A mí y a todo el pueblo. No es de aquí, sólo viene un mes en verano, y es tuerto y manco. Un primor.
- Chavala - me ha dicho.
- Buenos días, señor.
- Tú eres la sobrina de la Roge, ¿verdad?
- Sí.
- Vaya, vaya... ¿cuántos años tienes ya?
- Mañana cumplo catorce.
- Estás hecha una mujer... - eso me lo dicen mucho últimamente, y me miran como si fuera un plato de jamón serrano recién cortado. Pero el abuelo de Julen no me ha mirado así. Me ha mirado, no sé, raro pero bien, como con ternura. Igual es porque sólo tiene un ojo. - ¿Como te llamas?
- Ata - he dicho yo, y él ha puesto cara de sorpresa.
- ¿Qué carajo de nombre es Ata?
- Ataúlfa.
- Con dos cojones.
- También me llamo María. María Ataúlfa.
- ¿Y por qué nadie te llama María?
- Porque son una panda de hijoputas- he dicho yo, sin pensar, porque me ha salido así.
- Sí, señora. Unos hijos de puta. Empezando por tus padres.
- Sí.
Luego me ha preguntado si no era yo la novieta de su nieto, y le he dicho que era, porque ya no lo soy. Y va y me dice que si le he dejado yo por imbécil, y le digo que no, que me ha dejado él. Y ha sido entonces cuando ha dicho que Julen es un maldito capullo, y se ha quedado serio y pensativo.
Yo me he ido escaleras arriba, aquí, al palomar. No sé a qué ha venido esa conversación tan rara con el abuelo de Julen, pero me ha gustado. Me ha gustado que no me diga que Ataúlfa es un nombre con personalidad, que es lo que me dice todo el mundo, como para consolarme. Me importa un huevo llamarme Ata y que se rían. Es una mierda de nombre, lo mismo que éste es una mierda de pueblo, y tengo una mierda de amigos que no son amigos, y una mierda de pelo rubio y de culo y de tetas estupendas. Así, todo a juego: mierda, mierda y mierda.
Me voy a ir.
Me voy a ir un día, dentro de unos cuantos cumpleaños, y no volveré nunca.
Bueno, a lo mejor un mes, en verano.
A ver al abuelo de Julen.