El día diez se cumplió un año de la muerte de mi abuela. No me gustan éste tipo de efemérides, que son una idiotez, teniendo en cuenta, además, que me acuerdo de ella todos días. Y si es por celebrar, preferiría celebrar su cumpleaños, y no su muerte, que para más cojones fue lenta, penosa y agónica. Pero mis tías son bastante tradicionales, y querían una misa de cabo de año, y juntarnos toda la familia a cenar. A mí lo de la misa me resbaló bastante (no fui), y lo de la cena me pillaba muy tarde y suponía mucho jaleo para el Pequeño Cocú. Pero sí me acerqué al pueblo: quería estar un ratito con mi padre, acordarme de la abuela con él.
ElChico empujaba el carrito de Cocú detrás de mí y de mi padre, camino del cementerio. Por primera vez no me pareció un lugar tétrico, ni frío: el caminito de cipreses que lleva hasta la tumba de mis abuelos me pareció un cauce sereno, como una vía de tren abandonada entre cuyos raíles crece la hierba. Mi padre se subió a la lápida y comentó que en la inscripción había una fecha mal puesta. Yo dije que estaba como los chorros del oro, que se notaba que la tía Carmen había ido hacía poco a limpiar. Había flores frescas y todo. Luego estuvimos en silencio algo menos de un minuto, y nos dimos la vuelta. Al cerrar la puerta con la llave que nos habían prestado bromeamos (vaya, ahora no cierra, serás torpe, no, torpe tú, no, tú más) y nos dimos un paseo, casi hasta el río.
A mi abuela le pilló la guerra en Donosti, donde estudiaba interna en un colegio de monjas. Tuvo la oportunidad de irse evacuada, como muchos otros niños, a Inglaterra, o a Rusia, en los barcos de refugiados que salían de los puertos vascos. Pero no se fue. Huyó a Bilbao con unos amigos de mis bisabuelos, y allí también soportó bombardeos, colas de abastecimiento, hambre. Pasó mucho miedo -ella siempre dijo que era muy cagueta-. Y no se fue. Tenía la esperanza de volver a su pueblo, con sus padres.
Si mi abuela no hubiera sido más cabezona que miedica, probablemente ahora sus nietos se llamarían William o Dimitri, y yo no habría nacido jamás. Fue aquella añoranza de sus padres, de su pueblo, de las tardes de sol junto al río, de las comidas de mi bisabuela, o de las charlas de mi bisabuelo, o de las bromas de sus hermanos... yo no sé de qué se acordaría mientras escondía la cabeza entre los brazos sentada en un rincón de algún improvisado refugio antiaéreo bilbaíno. Pero el recuerdo era lo suficientemente fuerte, lo suficientemente cálido como para enfriar las ganas de huir del horror. Fíiiiu-boum, bombas cayendo muy, muy cerca, y la abuela pensando a ver quién podría darle noticias de su familia, a ver cuándo podría volver. Un día, hablando con ella del tema, me dijo que se decía a sí misma: "Pura, qué vas a hacer tú en un sitio que no hablan más que inglés. Qué vas a hacer tú sola, a ver. Pura, tú con los tuyos. Pura, tú con los tuyos". Tenía miedo de estar sola, y sin embargo, pasó sola la guerra, siempre viviendo de prestado en casa de familia lejana, de amigos de sus padres...
¿Se repetiría aquellas frases como un mantra? ¿Se convencería así de que iba a seguir viva para volver? No lo sé, pero funcionó.
Volvió a su pueblo, conoció a mi abuelo, se casaron, tuvieron hijos, enviudó joven, tuvo nietos, murió. No es justo que ese sea el resumen de una vida, pero es así de simple y de complejo, así de corto: apenas una línea en letra de molde.
Le gustaba leer. Y escribir cartas. Creo que fue feliz. Sufrió, claro. Muchas veces. Quiso, y la quisieron. La quisimos. La queremos. Éso es lo importante.
Cuando pienso una y mil veces las cosas antes de tomar una decisión, cuando analizo cuidadosamente pros, contras y posibles consecuencias, siempre me asalta la duda de si al final tendré yo el futuro en mi mano o simplemente pasará lo que tenga que pasar. Mi abuela decidió quedarse, pero, ¿fue casualidad que no la aplastara una bomba, como a tantos otros? ¿Fue casualidad que no le alcanzara una bala cuando sitiaron Bilbao?
Mi abuelo materno, por otra parte, decidió irse a Madrid a buscar una vida mejor para sus hijos. Pero, ¿fue casualidad que mi padre también hubiera decidido irse a vivir allí? ¿Fue casualidad que allí conociera a mi madre y se enamoraran? ¿Fue una jugarreta del destino que yo apareciera por cierto bar en cierta ocasión y conociera a cierto Chico? No lo sé.
Puede que dentro de sesenta años, mi nieta me recuerde también en una sola frase simple y breve: "Conoció a mi abuelo, se casó, tuvo hijos, tuvo nietos, murió. Le gustaba leer. Le gustaba escribir. Quiso, y la quisieron. Fue felíz".
Un beso de tu nieta, Pura, dondequiera que estés.

