viernes 27 de febrero de 2009
capítulo uno
miércoles 18 de febrero de 2009
el plan Bolonia y su puta madre.
Ésta mañana, cuando me he mirado al espejo, la cara sin afeitar, las ojeras, las legañas, me han dicho, todas a coro: "Nicolás, qué mayor estás". Y se han reido hasta mis dolores de la rodilla, que normalmente tienen muy mal humor.
Llevaba cuatro días de lo más tristón, desde lo de la manifa contra el Plan Bolonia, en la que me metí a sabiendas de que pasaría lo que pasó: que cuatro niñatos estúpidos se pondrían a quemar papeleras dejándonos a todos los demás a la altura del betún. Y son los que salen en las noticias, los borregos, por supuesto. Que luego, en el telediario, parecía aquello Sarajevo, piedras paquí y pallá con la policía, carreras, contenedores ardiendo. Y ni una palabra sobre nuestra asociación, ni sobre los más de trescientos que estábamos encerrados en la sala de usos múltiples, debatiendo el tema. Ni sobre lo que pedimos con nuestra protesta.
Mi mujer, que se ha levantado cuando yo estaba acordándome de éstas cosas y dejandome abierto el grifo del agua caliente, me ha leído el pensamiento, como siempre, y me ha abrazado por detrás, como siempre, abarcando ésta barriga fofa que me cuelga debajo del pecho desde hace por lo menos veinte o veinticinco años. Y, con cara preocupada, me ha levantado la camisa del pijama por la espalda, para observar que el vergazo que tengo marcado sobre el culo evoluciona favorablemente del morado al verde. "Joder, con Quiñones, vaya ostias da, el muchacho", ha dicho ella. "Lo vas a tener que condecorar", he dicho yo, y nos hemos reido y nos hemos dado el beso de buenos días.
Quiñones es el policía que me estrelló la porra en los riñones. (Rima y todo). Y casi me lo merecí, porque yo, que ya tengo una edad y no debería, me metí en todo el medio del fregao. No lo pude evitar: vi a Richar, a Tobías -que es hijo de un concejal- y a otros cuatro o cinco más, que no sé qué idea tienen de lo que es reivindicar algo, y a otros tantos que no eran ni del Instituto, empezar a volcar containers y a preparar la movida, y me fui hacia ellos. "Oye, que no", les dije, inútilmente, "qué ésta no es la manera, chicos", pero ellos a lo suyo, que si dame ése adoquín que está suelto, que con ésto me cargo yo seis o siete cascos antidisturbios por lo menos. Y llegó la poli, claro, y yo, que los veo venir, en vez de meterme en el Instituto a rebatir argumentos, que es lo mío, me fui como una bala hacia ellos. Que son alumnos míos, quería decir, y no me salía ni la voz, que no tienen ni idea, quería seguir diciendo, y no podía, que voy a llamar a sus padres, tenía que haber dicho, mientras corría hacia "el grueso de los antidisturbios", como dijo luego la reportera esa tan mona del telediario. Grueso, y una leche, que eran cinco polis, jovencitos, Quiñones entre ellos, que me vio llegar a toda pastilla, y abalanzarme sobre él (es que me tropecé en el último momento), y me sacudió el vergazo que ahora va cambiando de tonalidad en mi espalda.
Y luego a casa, triste, vencido, dolorido, a ver las noticias resoplando indignación. Y hace ya cuatro días de ésto, y es que no se me pasa, la tristeza, no se me pasa.
Mi mujer, la Comisario, me prepara unas tostadas y dibuja en ellas un corazón de mermelada de albaricoque, y cuando la miro antes de marcharme al Instituto me guiña un ojo y me dice "Cuidado ahí fuera", impostando la voz, como los Jefes de Policía de las películas les dicen a sus muchachos antes de salir a patrullar.
Y yo me voy a clase, a que precisamente tú, Tobías, me preguntes ésto que me estás preguntando ahora.
Que para qué sirve estudiar Historia. Que tú crees que no sirve para nada.
Pues te lo voy a explicar, hombre, te lo voy a explicar para que lo entiendas:
Imagina que tú, Tobías, ésta noche, al acostarte, olvidaras todo lo que has aprendido en tu vida. Que mañana, de pronto, no supieras comer con cuchara, ni agarrar un vaso para beber, ni juntar sílabas con sentido para decir palabras. Que, de pronto, no supieras andar, ni correr, ni conducir tu moto. Que hubieras olvidado las matemáticas de primaria y no supieras ni sumar. Que no acertaras a coger el boli como debe hacerse para escribir. Más aún, que no tuvieras ni idea de lo que significa que se encienda esa luz roja tan bonita en el semáforo. Que no tuvieras capacidad de deducir qué puede pasarte si metes la mano en una cazuela con agua hirviendo, por ejemplo. Imagina cómo sería tu vida si cada día tuvieras que aprenderlo todo de nuevo.
Y ahora vamos a repasar las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, para que no os queden dudas antes del examen. Vamos a repasarlas rapidito, antes de que el Plan Bolonia y su putísima madre nos arrollen y nos manden a todos a apretar tuercas, como autómatas.

