viernes 27 de febrero de 2009

capítulo uno


Jimena.


No me gusta ir de copiloto. No me gusta. Me pasa desde que aprendí a conducir. Claro que, antes, no me quedaba otra. Ir al lado del que conduce. No me gusta, así que iba ahí sentada, medio enfadada medio resignada. Sin hablar.

Mi medio enfado no es del todo por no conducir. Es por no entender. Michael va a ratos demasiado rápido, a ratos demasiado lento. Conduciendo, quiero decir. Se me ocurre que es un símil estupendo de nuestra vida juntos. Demasiado algo. Michael se pasa siempre.

Suspiro. Le irrita. Que se joda, pienso cruelmente. Me arrepiento al momento. Esa soy yo. La de arrepentirse al momento. Y Michael es el de demasiado.


- ¿Por qué no conduzco yo?


Michael sonríe. Tarda un rato en responder: supongo que busca las palabras apropiadas.


- Hay un cielo increíble, ¿verdad? Va a llegar la primavera. Mira el paisaje. Es bellísimo.


Lo ha dicho con su acento dulce de hijo de madre soltera californiana. Lo pone cuando quiere quitar hierro al asunto. Quitar hierro al asunto. Una expresión que Michael usa demasiado.


Debería enfadarme más por esa condescendencia estúpida que está utilizando conmigo. Debería pasar de medio enfado a enfado entero, pero he decidido que no. Hoy no.


Miro a través de la ventanilla. Sé que él, a mi izquierda, está sonriendo y satisfecho de su triunfo. No lo sabe, pero no es que yo haya perdido ésta vez. Es que me he dejado ganar. Claramente. Me he retirado de la competición y él está sólo en el ring, ganándole a nadie, con los guantes alzados, celebrando su victoria inexistente. Qué estúpido, pienso, para arrepentirme de inmediato.


De pronto, veo. Los ratos que voy pensando miro sin ver, pero ahora veo: un caballo viejo. De color blanco, pero sucio. Muy viejo, bastante sucio. En medio de un prado, sin atar. Está ahí, sólo, suelto, de pie. Nos acercamos, estamos justo enfrente, pasamos de largo. El caballo me ha visto, estoy segura. Afortunadamente, ha sido uno de los tramos en los que Michael va conduciendo demasiado despacio.


-¿Podemos parar un segundo?


-¿Te haces pipí?


- Me meo, si es lo que estás preguntando. Pipí no se hacen ni los bebés.


Michael no para el coche. Se ha quedado serio porque yo he sido ultra borde. Pisa el acelerador a fondo.


- Aguanta un poco, anda. Vamos a llegar en diez minutos.


No le digo nada. No le digo "vale", porque me doy cuenta de que hablar significaría echarme a llorar, y sólo faltaba eso: yo llorando idiotamente, y él que qué te pasa, y yo que nada, y él que dímelo, y yo que no. Unos veinte minutos así, serían. Desesperantes y sin sentido. Así que mejor no hablo.

Pero él sabe que le he declarado la guerra. Sabe que ésta noche habrá combate. Me dan ganas de decirle "Qué, cariño, ahora ya no te parece tan estupenda tu semi-victoria de antes, ¿eh?", pero me callo y trago saliva. Trago y trago.

Maldita sea.

Sólo parar a ver un caballo.

Era tan fácil, ésta vez.

miércoles 18 de febrero de 2009

el plan Bolonia y su puta madre.

Es que yo, a mis años, no estoy ya para éstas cosas.

Ésta mañana, cuando me he mirado al espejo, la cara sin afeitar, las ojeras, las legañas, me han dicho, todas a coro: "Nicolás, qué mayor estás". Y se han reido hasta mis dolores de la rodilla, que normalmente tienen muy mal humor.

Llevaba cuatro días de lo más tristón, desde lo de la manifa contra el Plan Bolonia, en la que me metí a sabiendas de que pasaría lo que pasó: que cuatro niñatos estúpidos se pondrían a quemar papeleras dejándonos a todos los demás a la altura del betún. Y son los que salen en las noticias, los borregos, por supuesto. Que luego, en el telediario, parecía aquello Sarajevo, piedras paquí y pallá con la policía, carreras, contenedores ardiendo. Y ni una palabra sobre nuestra asociación, ni sobre los más de trescientos que estábamos encerrados en la sala de usos múltiples, debatiendo el tema. Ni sobre lo que pedimos con nuestra protesta.

Mi mujer, que se ha levantado cuando yo estaba acordándome de éstas cosas y dejandome abierto el grifo del agua caliente, me ha leído el pensamiento, como siempre, y me ha abrazado por detrás, como siempre, abarcando ésta barriga fofa que me cuelga debajo del pecho desde hace por lo menos veinte o veinticinco años. Y, con cara preocupada, me ha levantado la camisa del pijama por la espalda, para observar que el vergazo que tengo marcado sobre el culo evoluciona favorablemente del morado al verde. "Joder, con Quiñones, vaya ostias da, el muchacho", ha dicho ella. "Lo vas a tener que condecorar", he dicho yo, y nos hemos reido y nos hemos dado el beso de buenos días.

Quiñones es el policía que me estrelló la porra en los riñones. (Rima y todo). Y casi me lo merecí, porque yo, que ya tengo una edad y no debería, me metí en todo el medio del fregao. No lo pude evitar: vi a Richar, a Tobías -que es hijo de un concejal- y a otros cuatro o cinco más, que no sé qué idea tienen de lo que es reivindicar algo, y a otros tantos que no eran ni del Instituto, empezar a volcar containers y a preparar la movida, y me fui hacia ellos. "Oye, que no", les dije, inútilmente, "qué ésta no es la manera, chicos", pero ellos a lo suyo, que si dame ése adoquín que está suelto, que con ésto me cargo yo seis o siete cascos antidisturbios por lo menos. Y llegó la poli, claro, y yo, que los veo venir, en vez de meterme en el Instituto a rebatir argumentos, que es lo mío, me fui como una bala hacia ellos. Que son alumnos míos, quería decir, y no me salía ni la voz, que no tienen ni idea, quería seguir diciendo, y no podía, que voy a llamar a sus padres, tenía que haber dicho, mientras corría hacia "el grueso de los antidisturbios", como dijo luego la reportera esa tan mona del telediario. Grueso, y una leche, que eran cinco polis, jovencitos, Quiñones entre ellos, que me vio llegar a toda pastilla, y abalanzarme sobre él (es que me tropecé en el último momento), y me sacudió el vergazo que ahora va cambiando de tonalidad en mi espalda.

"Uy, coño", dijo en cuanto me dio, "pero si es usted el marido de la Jefa". Y , le tuve que decir, colocándome las gafas, sí, soy yo, porque mi mujer es la Comisario Jefe de ésta ciudad pequeñita en la que nunca pasa nada hasta hoy. Y entonces, Quiñones, porra en ristre, me sonríe, "Profesor Bálsamo", me dice, y yo, que sí, que soy yo, y él va y me dice que fue alumno mío -para más inri- y que recuerda con mucho cariño mis clases. Lo miro y lo reconozco, a aquél chaval despierto y preguntón, "¡Quiñones!", y me dan ganas de abrazarle. Creo que a él también, aunque no es el momento ni el lugar, y nos quedamos los dos un momento atorados, hasta que yo vuelvo al Instituto y él a repartir candela.

Y luego a casa, triste, vencido, dolorido, a ver las noticias resoplando indignación. Y hace ya cuatro días de ésto, y es que no se me pasa, la tristeza, no se me pasa.

Mi mujer, la Comisario, me prepara unas tostadas y dibuja en ellas un corazón de mermelada de albaricoque, y cuando la miro antes de marcharme al Instituto me guiña un ojo y me dice "Cuidado ahí fuera", impostando la voz, como los Jefes de Policía de las películas les dicen a sus muchachos antes de salir a patrullar.

Y yo me voy a clase, a que precisamente tú, Tobías, me preguntes ésto que me estás preguntando ahora.

Que para qué sirve estudiar Historia. Que tú crees que no sirve para nada.

Pues te lo voy a explicar, hombre, te lo voy a explicar para que lo entiendas:

Imagina que tú, Tobías, ésta noche, al acostarte, olvidaras todo lo que has aprendido en tu vida. Que mañana, de pronto, no supieras comer con cuchara, ni agarrar un vaso para beber, ni juntar sílabas con sentido para decir palabras. Que, de pronto, no supieras andar, ni correr, ni conducir tu moto. Que hubieras olvidado las matemáticas de primaria y no supieras ni sumar. Que no acertaras a coger el boli como debe hacerse para escribir. Más aún, que no tuvieras ni idea de lo que significa que se encienda esa luz roja tan bonita en el semáforo. Que no tuvieras capacidad de deducir qué puede pasarte si metes la mano en una cazuela con agua hirviendo, por ejemplo. Imagina cómo sería tu vida si cada día tuvieras que aprenderlo todo de nuevo.

¿Ves por dónde voy? ¿Lo veis todos, chicos y chicas?
La Historia es el aprendizaje vital de la Humanidad. Así que sí, es indispensable, es absolutamente necesario aprender Historia para poder avanzar. Avanzar inteligentemente, se entiende.

Y ahora vamos a repasar las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, para que no os queden dudas antes del examen. Vamos a repasarlas rapidito, antes de que el Plan Bolonia y su putísima madre nos arrollen y nos manden a todos a apretar tuercas, como autómatas.

Jesús, qué mañana tengo. Perdonadme.
Por dónde íbamos...
(ésto es una ficción tonta de las mías. La realidad, aquí: http://noticiasdesdeturquia.blogspot.com/).
Saludos, Torpes.

jueves 12 de febrero de 2009

ay, amigo Azcona...

Mi vida laboral transcurre en una vorágine pseudo-surrealista con la que mi paisano Rafael Azcona -a quien echamos bastante de menos- se curraría un guión para una peli estupenda. Éxito total de taquilla: "Villatomarpor y sus gentes, o La cabra y la pandereta", se podría titular. Ejemplos para ilustrar lo que digo, podría poner mil, pero voy a poner uno, el de ayer. Lo voy a poner porque es corto, no porque sea -ni de lejos- el más revelador, pero es apto para todos los públicos, lo cual ya es mucho decir.
El caso es que en Villatomarpor, pueblo de menos de doscientos habitantes, sin policía, sin grúa y sin yo qué sé qué más cosas, vamos a poner vados para acceder a las cocheras. Toma ya y ole nuestros cojones. ¿Quién va denunciar los coches que estacionen frente a los vados? Ah, misterio. Yo no lo sé. Supongo que, llegado el caso, llamaremos a la Guardia Civil, que probablemente tendrán mejores cosas que hacer que venir al pueblo a denunciar el coche del Tasio, que ha aparcado frente a la cochera del Goyo para vengarse porque anteayer le desplumó jugando al julepe. Y sigo suponiendo que, para retirar el vehículo denunciado por un picoleto mosqueado y con otros asuntos pendientes, llamaremos al del taller del pueblo, que, como será domingo y la hora de comer, nos dirá que, si eso, ya lo retirará cuando baje a tomar café a la plaza, un ratito después de la siesta.
Tras esta introducción ilustrativa, vamos al ajo:
Estaba yo archivando los edictos expuestos y enviados cuando aparece una señora, llamémosle La Juli (porque se llama así, entre otras cosas). Transcribo la conversación:
Juli - Chica, que lo de los vados. -y se queda callada, mirándome fijamente-
Yo - Sí, ¿qué desea?
- No, yo nada. -me sonríe y me sigue mirando-
- ...¿entonces?
- Yo lo de los vados, vengo a decir, que no sé si quiero que me lo pongan.
- Pues si no lo sabe usted...
- Es que, a ver: yo no quiero, que yo no meto el coche, ¿sabes, maja?
- Entonces no lo ponga, señora Juli.
- Ya.
- ...¿?
- ¿No lo pongo, entonces?
- Pues si no mete el coche, ¿para qué quiere el vado?
- Ya. No lo pongo. Pero es que si vienen las hijas sí que meten los coches.
- Para meter los coches necesita tener vado. Si no, le pondremos un hito para evitar que acceda al garaje.
- ¿Un hito?
- Un chirimbolo.
- Ah. - Piensa- No, si las hijas acceder no acceden. Meter el coche, es lo que hacen.
- Bueno, sí. Entonces tiene usted que solicitar el vado y así lo podrán meter y sacar tranquilamente.
- Ah. Lo pongo, entonces, el vado, ¿no?
- Pues, señora Juli, si quiere meter el coche, sí, ponga el vado.
- No, es que yo no quiero. - se pone seria- No quiero poner vado, coñe.
- Si no es obligatorio, señora Juli. Si no quiere, no lo ponga.
- Coñe.
- Eso.
- Pues no lo pongo. Voy a andar yo ahora pagando... el vado... y, y, y, y... No lo pongo.
- Muy bien.
- Pero cuando vienen las hijas...
- ...
- Y el yerno...
- Qué pasa.
- Que meten los coches.
- Er... a ver, señora Juli: si usted no pone vado, nadie va a poder meter los coches ahí, ¿lo entiende?
- Sííí.
- ¿Le hago la solicitud, entonces?
- No, que yo no quiero. - se queda pensativa- QUE NO LO QUIERO -grita-.
- Pues no se lo ponemos, no se preocupe.
- Bien.
- De acuerdo.
- Pero cuando vienen las hijas...
La conversación se prolongó hasta el fin de los tiempos en un bucle sin sentido que acabó con mi paciencia y con mis uñas. Por la tarde, se lo cuento al Enano y se escojona, el tío -a mí que no me digan que éste niño no entiende lo que le digo, porque no me lo creo-.
Y luego me voy a dormir con los Cronopios y las Famas de Cortázar, quien, por cierto, hoy hace 25 años que nos dejó. Y luego cierro los ojos y pienso en la evolución humana, de la que no sé si saben los habitantes de Villatomarpor. Y me acuerdo de Darwin, entonces, otro que también tiene la efemérides un 12 de febrero. Y suspiro.
Y luego ya me duermo.
Y mañana, vuelta a empezar.
Saludos, torpes...

lunes 9 de febrero de 2009

raíz

a Emi y Jose.
Mano grande y cálida sobre el hombro inseguro; mano fría y firme sobre la frente enfebrecida.
Yo iba dos pasos detrás, brincando, bebiéndome la prisa de ése mundo adulto, imaginando, siempre, cómo sería yo ahora.
Yo iba tres metros delante, desafiante, suspendida entre consejos que guardé para aprenderlos más tarde.
Para cuando no tuviera, me guardaba los cariños. Egoísta y previsora. Enfurecida, desatada, torpe, imparable.
Yo quería ser libre del todo. Pero había que cultivar esa raíz, amarla. Sentirla como mía, venerarla. Beber desde la tierra, horadarla, abrir nuevos caminos y raíces.
Siempre que anduve perdida, vi aquella luz a lo lejos.
Ahora entiendo.

jueves 5 de febrero de 2009

escala de blancos y negros

... la carretera, el cielo, el salpicadero del coche. Gris, gris, gris, tanto que ya no distingo qué es qué, y voy, voy mirando al cielo, las formas redondas, golosas, llenas, de las nubes grises, en lugar de ir mirando al asfalto gris. Es todo gris, mirando al frente, todo gris, y sin embargo.
Sin embargo no lo es.
Voy con la mochila cargada de panfletos, y a lo mejor me cogen los grises, no lo sé, pero, ¿y si me cogen, dios mío?, con la mochila de cuero marrón llena de panfletos de nuestro Movimiento. ¿Y si me cogen y me llevan a la Dirección General de Seguridad, qué miedo da sólo decir ese nombre, DGS, y me pegan, y no soy fuerte y tengo que confesar? Confesar que te conozco, que te conocí un día y ya no pude pensar en otra cosa que en ésto que ahora defiendo con mi vida, con mis panfletos hechos a mano, con mi letra grande y desastrada, de trazos irregulares.
Sin embargo.
Corro, la mochila de cuero dando saltos en mi espalda, corro como una loca por las aceras grises, huyo, pero me río, porque sé que estoy venciendo.
Pienso en todos los poetas que han hablado de cuerpos como trincheras y del amor como muerte dulce... Poetas inmensos que hablaron de eso que yo ahora torpemente explico... poetas cercanos, amigos, que hablaron mejor que yo de cuerpos, cuerpos como trincheras, sí, ya lo he dicho antes...
Sin embargo.
Sin embargo no sé si sabrán entonces, todos ellos y nosotros y los demás, que cuando pronuncias la ele y la ene de mi nombre soy de pronto una laguna bañada por la luna, y tocas con un dedo la superficie y se agita, levemente, el agua, me agito, me estremezco, me fundo.
Y voy pensando en eso y corriendo por las aceras y conduciendo sobre el asfalto y no miro la velocidad, no lo miro, porque es como para no mirarla, porque madre mía, lo que zumba el coche pasando de ciento ochenta, vibra como yo vibro y me voy a matar y no. No.
Sin embargo.
Entonces dime, dime por qué estás tú también metido en esto, hasta el cuello, conmigo. Lo sé, es por él. Por él, para que se ría así siempre, como ahora, para que sus ojos tengan ese brillo siempre.
Haremos más panfletos, más. Yo los escribo, tú díctame, dime qué pongo, pondré, por ejemplo, otra vez, con una foto del Che, que nos viene al pelo para nuestra causa, y como a él lo conocen más, pues lo cogemos como eslógan, ¿qué te parece? Algo así como Venceremos, Victoria o Muerte, y suena apocalíptico y me río, pero es la verdad.
Es verdad.
Porque amo con todo, con toda, con lo que soy, y me voy a dejar la vida en esto. Hasta la muerte. Porque somos todos los que arriesgaron, sufrieron, gozaron, perdieron y ganaron, como nosotros.
Porque tenía ésta urgencia de salir de lo gris y lo he hecho.
Sin embargo.