martes 28 de abril de 2009

Un poco de música (post de Gurmo)

Ni siquiera la obstinada insistencia de mi hermana había conseguido que me pusiera a escribir una crónica del concierto de Franz Ferdinand del pasado 3 de abril, como ella me había pedido. Que sí, que ya me valía, que ha pasado casi un mes.
No, decía, no ha sido ella la que me ha empujado a sentarme esta mañana delante del ordenador. Han sido los cabrones de Mando Diao (aquí su página oficial).
Si la banda escocesa es ya de por sí ES-PEC-TA-CU-LAR en directo, sus conciertos tienen la propiedad de descubrirme joyitas ocultas. En 2006, en un MetroRock de orgasmo musical, llegué al final de un concierto de Ok Go, que para el que no los conozca, son estos... personajes:




Sirva uno de mis temas preferidos para presentarles (por cierto, que el título original es It's a disaster):



Retomemos. Finales de junio de 2006. Servidor llega al escenario donde Ok Go regala las últimas notas de su concierto (del cual me perdí el 98 por ciento, intuyo), deja los instrumentos y se acerca al borde del escenario a saludar... o eso creíamos. "It's time to dance", nos espetan, y empiezan con esas ridículas coreografías que han hecho famoso al conjunto de Chicago.

Pero yo iba a hablar del 3 de abril en el Palacio de los Deportes. Un día después de que la hermana del rey asistiera al concierto de AC/DC en ese mismo lugar, me dirigía yo al recinto en compañía de una amiga polaca que estaba de visita en Madrid y de una hermosa botella de vodka polaco que tuvo la deferencia de traer, pero eso es otro asunto...

Entramos al pabellón y un segurata nos dice que vayamos directamente a las gradas, que llegamos tarde y no hay sitio. Mi amiga Marta hace amago de subir por las escaleras, pero la cojo y me la llevo a la pista. "Esta historia me la han contado mil veces", le digo, "que es por desatascar". Y allí que nos plantamos, en medio-medio de la pista, aún a mitad de su capacidad, treinta segundos antes de que saltaran al escenario ellos. Perdón: Ellos.







Su primer disco salió hace siete años y yo sin conocerles. Quizá os suene de oirla en bares esta otra, que está ahora de moda:



En este último videoclip se puede ver que ya cuentan con más de tres duros para grabarse.

En pleno éxtasis musical, se despiden y se piran. Mierda. Con las ganas que me he quedao. Pero al rato salta Franz Ferdinand con un despliegue de luz y sonido descomunal. Fieles a su estilo. Saludo y al turrón: "Houla Medrid!" y sueltan esto:




Uno tras otro fueron cayendo The Fallen, Take me Out, Michael, Jacqueline... o uno de sus clásicos...




Creo que nunca he temido tanto por los cimientos de un edificio... Se veía una clara tendencia de más a menos, pero aún quedaba traca. Entre otros, Ulysses, del último disco, o la típica gamberrada de The Outsiders (a partir del 5.07 viene lo bueno):




Ahí los tienen. Cinco personas tocando la batería. Nos despacharon con un impecable This Fire y tan contentos que nos quedamos, oiga. Pasamos por un par de bares para beber algo y calmar el subidón (la chica estaba de turismo y no podíamos permitirnos perder toda la mañana del sábado) y, al llegar a casa, creo que tardé dos minutos en poner a descargar la discografía de Mando Diao. Gran descubrimiento. Y con ellos desde entonces.


(Nota de Dudo: el c*br*n de mi hermano me restregó por las napias (llenas de mocos, éstos días) que se piraba a botar como un energúmeno en el conciero de Franz Ferdinand. Y yo me morí de envidia, y le pensé: pues por lo menos que se lo curre y me escriba un post. Un post musical. Espero que lo hayais disfrutado. Yo voy a seguir cantando No You Girl con mi voz nasal carrasposa. Achis. )

lunes 13 de abril de 2009

y capítulo seis.

(Introducción/aclaración: Ésta historia, la de Ringo, Vega, Michael y Jimena, ya está acabada. En mi cabeza, en mis papeles, está acabada. He estado semanas pensando en ellos y escribiendo, y enamorada de ellos, y ya he terminado. Y ahora me pasa lo que me pasa siempre: que cuando acabo algo, deja de enamorarme, deja de parecerme bueno, y le veo los fallos, las costuras, los trasquilones. Por eso me da tanta pereza seguir colgando capítulos. Por eso éste va a ser el último que cuelgue de ésta historia. Gracias a todos por vuestros comentarios y vuestro aliento).




Me gustaría quedarme un poco más.

La casa de la madre de Vega es una construcción de una sola planta, pequeñita, con un jardín irregular delante de la puerta. La madre de Vega es una señora de unos sesenta, con una cara amable y redonda, distinta absolutamente de la de su hija, todo ángulos y aristas. Pienso éstas nimiedades mientras espero con el culo apoyado en el capó de la furgoneta, y de repente no pienso, no lo pienso, y me acerco hasta la puerta donde están hablando ellas dos.
Vega no se sobresalta. Me extraño. Me alegro, en cierto modo.
- Mamá, éste es Ringo.
- ¿Ringo?
- Es un amigo.
- Ajá.
Voy a estrechar su mano, pero ella me la coge, me acerca a su cara sin aristas y me planta dos besos en las mejillas. Le digo Encantado, señora, un poco colorado, creo. Ella empieza con que si a mi madre le gustaban los Beatles, y yo le cuento que no, que era a mi padre a quien le encantaban, que mi madre era chelista de una filarmónica y los Beatles le parecían un horror.
Le cuento todo ésto en un segundo, y ella sonríe, me valora, me aprueba, dice que si nos quedamos un rato. Pero, según Vega, tenemos prisa.
- A mí los Beatles me parecen una revolución. Me convierten en adolescente cuando los escucho.
Mientras habla, la madre de Vega mueve las manos y los ojos, y hace pausas... pausas estratégicas. Con énfasis, habla con énfasis, y en eso sí que se le parece su hija.
Sale de la casa una niña pequeña. Pequeñísima, aún anda bamboleándose. Se echa en brazos de Vega y le da besos y tequieros con una vocecita como de dibujo animado. Vega sonríe y su sonrisa da calor.
De pronto, sale Arturo: unos seis años. Viene hablando de no sé qué de un libro de su abuela. En cuanto me ve, se para en seco. Se queda serio, callado. Yo pienso, y Vega piensa, que la hemos cagado.
- ¿Quién es éste?
La madre de Vega le regaña cariñosamente: así no se habla a los mayores. Y éste, yo, soy Ringo, un amigo de mamá, le explica. Él, rápido, me tiende su mano:
- Yo soy Arturo.
- Encantado, Arturo.
- ¿Vas a venir con nosotros?
- Me parece que sí.
- Me parece bien.
La niña, Vega, su madre, se despiden. Arturo me conduce a la furgoneta y me da permiso para sentarme delante. Yo mejor voy detrás y vigilo a mi hermana, dice.
Vega arranca el motor. No está tensa. No sé por qué me extraña. Me sonríe brevemente, se asegura de que los niños están bien atados con sus cinturones, Alma, no toques la manilla, ¿Ringo también se ha puesto el cinturón, mamá?, y sí, me lo he puesto.
- Encantadora, tu madre. ¿Cómo se llama?
- Ada - contesta Arturo.
Le miro, sentado atrás, ocupado en cuidar a su hermana, y me recuerda a Michael de niño, tan rubio, tan serio. Debería llamarle. A Michael.

lunes 6 de abril de 2009

desesperanza y optimismo

Debajo de mi almohada vive un duendecito cabrón. Afortunadamente, es un cabrón vago y la mitad de los días no hace su trabajo, que consiste, a saber, en trepar por mi cabeza y clavarme un ganchito en mitad de la frente. Luego el muy hijoputa se tira desde ahí, haciedo puenting, hasta mi estómago, donde aterriza con bastante mala hostia. El resultado de ésta operación es que yo me paso todo ese día con el ceño fruncido, así, para abajo, y el estómago arrugao.
Como ya voy acumulando primaveras, y la experiencia es un grado, he ido desarrollando técnicas para contrarrestar las labores de mi duendecito: si desayuno tostadas (mmm, tostadas...) se me pasa el mal. Y también si en la ducha no se agota el calentador. Y, sobre todo, se me pasa instantáneamente con un beso-mordisco-babas de mi miniChico.
Y es que una es optimista, y lo digo sin complejos. Ya ves, optimista, qué cosas. Prefiero reirme a llorar. Prefiero tomarme poco en serio. Cantar Allways look at the brigth side of life en mi cruz, a dúo con Mr. Idle, meneando la cabeza.
Pero hay cosas... ay, amigos. Hay cosas que no resisten la óptica Monthy Phyton. El tinglao del lince y el aborto, por ejemplo. Nomelosplico. O lo del papa y los condones. O lo de los rescates muchimillonarios que están pactando los Estados -ese dinero que no teníamos para cooperación al desarrollo de los países en los que la gente se muere de hambre de verdad- . O lo de la privatización camuflada de la enseñanza universitaria, (y secundaria, y primaria, y si no, al tiempo). O lo de que se obstaculice la recuperación de la memoria de los republicanos españoles (que hay que ver lo que les escuece a algunos que se sepa la verdad del otro lado). O lo de las tramas corruptas de chorropocientos ayuntamientos. O lo de... uf, es que hay tantas cosas... es abrir el periódico y no parar de ays y oigs, que parezco Millán Salcedo haciendo de Encanna de Noche.
Cosas como esas son las que me hacen perder la esperanza. Así que estoy desesperanzada: cada vez estoy más cerca de pensar que las personas, en general, se dividen entre gilipollas y cabrones de los gordos. Desesperanza totás. Out of line. Ful de Estambul. Caca de la vaca. Fuck you motherfuckers. Etecé.
Peeeeeero, ojo. No me voy a quedar en el sofá calculando a cual de los dos gremios (el gilipollesco y el cabronoide) pertenezco. No: plas, plas, hop, hop: todo el mundo arriba. A currar. Hay que mover el trasero para que ésto empiece a parecerse a lo que queremos que sea: un lugar para vivir. Desesperanzados del mundo, uníos. Agrupémonos todos y tal. Empecemos por la casa de cada uno, que es lo más facilito, y de ahí, como decía Buzz Ligthyear -mi dibujo animado favorito-, hasta el infinito y más allá.
Al tajo, torpes. Os dejo banda sonora, esta vez dedicada, especialmente, a la Indómita:
Abrazazos,
Dudo.