domingo 21 de junio de 2009

mi alma confusa y triste

El corazón de nadie cabe en una cajita, debí haberme dado cuenta antes. Antes, mucho antes, para no llegar aquí, a la orilla de ninguna parte, a mojarme los pies con tus ausencias. Qué frío me dan todos esos susurros tuyos que ya no siento en la nuca, que ya no me erizan la piel.
El corazón de nadie cabe en una cajita, pero tú me prometías, con las manos apretadas, como si rezaras, te lo prometo, amor, te lo juro, que aquí, dentro de éste absurdo cofrecito, estaba toda tu alma. Tu vida, entregada a mí.
En realidad yo no quería irme. Pero qué sentido tenía quedarse a tu lado, si ya no ibas a ser más tú la mía, tú la que yo conocí hasta lo más profundo. Tú, la que yo olí, lamí, besé, mordí, horadé, sentí, absorbí, hasta que casi tenía más de tí dentro de mí que de mí mismo. Y ya nunca, nunca más, nunca más, nunca, nunca. Qué iba a hacer yo, entonces. No tuve más remedio.
El corazón de nadie cabe en una cajita, pero yo me fui agarrado a mi cajita y dejé atrás lo que conocía.
Y ahora, que me he dado cuenta de todo, ahora, que sé que te perdí de verdad al marcharme, ahora, que veo por vez primera ésta inmensidad azul, verde, gris, transparente, ahora, qué.
Qué.
Volver, no.
El corazón de nadie cabe en una cajita, pero voy a dejar éste pequeño recipiente aquí, por si acaso. Lo dejo bien enterrado en la arena, aunque ya se sabe. Las olas probablemente lo harán salir. Puede que lo hagan flotar también. Puede que, incluso, me alcance.
Puede que.

A Ignacio (http://www.uncuerpoquelate.blogspot.com/), en cuyo universo de desamor me apasiona perderme...

viernes 12 de junio de 2009

Dos cuentos cortos.

El viejo.

El viejo depositó suavemente las maletas sobre las baldosas del andén. Se incorporó, fatigado, y miró el reloj que colgaba de una de las vigas de la estación: las dos y veinte. Faltaban cuarenta minutos para su tren. Bien, se dijo. Procuraba llegar siempre con bastante antelación. No le gustaban las prisas. No se sentía cómodo entre el jaleo de la última hora. Ya no era un hombre veloz. Ya no era dinámico. No, definitivamente, no se manejaba bien si tenía que hacer las cosas rápido.
Se pasó la mano por la mandíbula, áspera, grisácea. Se había afeitado esa misma mañana, y, sin embargo, la barba, dura, sombreaba su cara. Sonrió: no siempre fue así. De joven le molestaba comprobar que sus compañeros ya usaban la brocha y la cuchilla, pero él no. Cara de niño, le decían. Me gusta tu cara tan suave, le susurró la mujer que sería su mujer, en aquél tiempo. Pobrecita. Cómo iba ella a imaginar que se iba a pasar la vida lastimándose al besar aquella piel de lija.
Se acercó un chaval desaliñado, a pedirle tabaco. No tengo, dijo el viejo. Los vicios son para el que se los pueda permitir, añadió. No me cuente su vida, abuelo, dijo el chico. Sólo le he pedido un puto cigarro. El viejo iba a decir algo más, pero calló, sonriendo, cansado. De la ignorancia de la gente, del egoísmo que movía el mundo. Estás harto de la vida, le había dicho su mujer el día anterior. Pero era incierto: estaba harto de ésta vida. De vivir rodeado de ignorancia y egoísmo. Quería vivir de verdad. Empezar a vivir, se dijo, a mis años, qué gracia. Se sintió, de pronto, un poco como Don Quijote, y eso le reconfortó.
El tren entraba en el andén dos. El viejo, sonriendo a medias, cogió sus maletas y subió al vagón.
El reloj de la estación marcaba las tres en punto.
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Un balón rojo.

Cuando me desperté en el hospital, lo primero que vi fue un balón rojo, grande, reluciente. ¿Es para mí?, pregunté, y Mamá, con la cara como una alcachofa, me abrazó diciendo mi niña mi niña y llorando. Papá suspiraba y miraba al techo, y gruñía, Adelina, por dios, otra vez vas a llorar, otra vez, por dios, mantén la calma, mantén las formas. Adelina, es decir, Mamá, no mantenía ni las formas ni nada que se le pareciese, porque seguía llorando un montón, casi gritando, mi niña, por dios bendito, pueblo de salvajes, qué te hicieron, por dios. Me soltó un poco el abrazo y me miró a la cara y me dijo: nos iremos de aquí, lejos. Lejos, te lo prometo, hija. Y yo, le dije que vale, para que se calmara. La verdad es que no estaría mal que nos fuéramos de verdad a otra parte, aunque siempre es lo mismo. A mí no me quieren en ningún sitio, y las cosas se van complicando, como dice Papá, se van complicando, y cuando dice eso yo pienso en una bola de nieve pequeñita que, al bajar por la ladera, se hace más y más gorda hasta ser gigantesca. El abuelo me contó una vez que la nieve, cuando se pone así, en forma de pelota enorme, puede aplastar pueblos enteros. No estaría mal que aplastara el pueblo en el que vivimos ahora. Aunque nos mataría a nosotros también, porque cuando Mamá dijo lo de marcharnos, Papá suspiró otra vez y apretó los dientes y dijo que no nos íbamos a ninguna parte, y Mamá le miró con su cara de odio infinito a muerte. Vamos fuera a hablar, le ha dicho a Papá, que no sé para qué se van, porque están gritando en el pasillo y yo lo oigo todo. Papá dice que soy su cruz, que la marca del demonio y tal y cual, y Mamá está enfurecida y le grita que es igual que todos esos campesinos analfabetos hijosdeputa, que lo que yo tengo en la cara no tiene nada que ver con el demonio ni con dios. Yo me toco la cara, que la tengo un poco hinchada todavía, y me da igual mi marca, me da igual todo. Me gustaría saber si el balón rojo es para mí, que es lo primero que he preguntado. No sé la respuesta todavía. Y no me atrevo a cogerlo. Bueno, como dice el abuelo, qué narices. Me lo quedo.
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Gracias a mi hermano (one more time!), la revista Babylon va a publicar un cuento mío. Ains, qué nervios. Que me va a leer más gente aparte de los coleguitas del blog y de los trolls de confianza. Ains, ains. Envié tres cuentos cortos: éstos que hay aquí son los descartes. El tercero lo colgaré cuando salga la revista...

lunes 1 de junio de 2009

la lista de pros.

Me he ido del curro.
Es que soy así de chula: cuando estamos todos temblando con la crisis, con el culillo apretadín para que no nos echen, yo voy, y me largo. Hala.
Las razones son variadas y contundentes. Entre otras, la mierda de sueldo. La gasolina que gasto. O el exceso de responsabilidad no recompensada. O la imposibilidad de progresar. O la falta absoluta de creatividad. O... bueno, hay otras razones más desagradables que no quiero mencionar.
Pero hoy no quería hacer una lista de contras de mi antiguo curro, (entre otras cosas, porque ya la hice y es kilométrica. Por eso me voy). Hoy quería quedarme con lo bueno. Con lo que voy a echar de menos.
Voy a echar de menos conducir: con éste trabajo he descubierto lo que me gusta manejar el coche. Lo tranquila que voy yo sola por la autopista. Y, con el buen tiempo, me encantaba ir por las carreteras secundarias: de mi pueblo, a Alberite, cruzando el río Iregua. De allí, por entre las huertas, a Villamediana. Y sigo hasta Murillo, cruzando campos de cereal, olivares, más huertas. En Murillo, asomarme a su impresionante balcón y cruzar los dos ríos: el Leza, crecidito, y el Jubera, más menguado. Y volver a subir hacia Galilea, entre viñas -emparradas a la derecha, sin emparrar a la izquierda-, y trigo mezclado con amapolas. Y luego, entre más olivos, conducir en segunda las tres curvas cuesta abajo que forman un ocho... y llegar al trabajo, justo cuando la campana de la iglesia marca, -tannnggg-, la media de las ocho y media. El aire mañanero, fresco, los pájaros alborotados.
También echaré de menos los momentos cercanos con la gente: el señor Francisco, que siempre que venía a la oficina quería darme propina. Que sí, moceta, que es para que te tomes luego una caña a mi salud. Y yo, que no, que ya me pagan un sueldo, gracias. Y él luego iba diciendo a todos, que vaya chavala más maja, que le iba yo a dar cincuenta euros por eso, por maja, y no los ha querido. O Frutos, que cada vez que entraba, con sus ojos centenarios y soñadores, me contaba lo mismo: ésta era mi escuela... allí nos poníamos los chicos, y aquí, las chicas. Todos juntos, desde los tres años hasta... pues... hasta que tus padres te sacaban para ir a trabajar al campo. Y allí estaba la pizarra, que el maestro la llamaba encerado, y aprendíamos las cuentas, y las frases con sujeto y predicado... Luego se interrumpía, me decía a lo que había venido, y acto seguido se ponía a canturrear: tres por uno, tres; tres por dos, seis; tres por tres.... jejejeje, me acuerdo, ¿eh? ¿Lo ves, maja, cómo me acuerdo?...
O Adela, que cuando estaba yo embarazada, entraba, con su bastón y su pelo blanco casi mágico, y me decía, tú, en el parto, tranquila: empujas fuerte y chimpún. Que yo, con lo pequeñita que soy, tuve tres hijos de cinco kilos, no vas a tener tú al tuyo, que eres buena moza, fuerte...
También echaré de menos la satisfacción que sentía cuando nos concedían tal o cual subvención, para restaurar algún monumento, o para rehabilitar el parque, o para organizar una semana cultural...
En fin, que me quiero quedar con eso. Con lo bueno.
Y ahora, me vais a perdonar, que estoy muy ocupada: tengo que dedicarle toda toda toda la mañana a mi pequeño.
Abrazazos, torpes.