El viejo.El viejo depositó suavemente las maletas sobre las baldosas del andén. Se incorporó, fatigado, y miró el reloj que colgaba de una de las vigas de la estación: las dos y veinte. Faltaban cuarenta minutos para su tren. Bien, se dijo. Procuraba llegar siempre con bastante antelación. No le gustaban las prisas. No se sentía cómodo entre el jaleo de la última hora. Ya no era un hombre veloz. Ya no era dinámico. No, definitivamente, no se manejaba bien si tenía que hacer las cosas rápido.
Se pasó la mano por la mandíbula, áspera, grisácea. Se había afeitado esa misma mañana, y, sin embargo, la barba, dura, sombreaba su cara. Sonrió: no siempre fue así. De joven le molestaba comprobar que sus compañeros ya usaban la brocha y la cuchilla, pero él no. Cara de niño, le decían. Me gusta tu cara tan suave, le susurró la mujer que sería su mujer, en aquél tiempo. Pobrecita. Cómo iba ella a imaginar que se iba a pasar la vida lastimándose al besar aquella piel de lija.
Se acercó un chaval desaliñado, a pedirle tabaco. No tengo, dijo el viejo. Los vicios son para el que se los pueda permitir, añadió. No me cuente su vida, abuelo, dijo el chico. Sólo le he pedido un puto cigarro. El viejo iba a decir algo más, pero calló, sonriendo, cansado. De la ignorancia de la gente, del egoísmo que movía el mundo. Estás harto de la vida, le había dicho su mujer el día anterior. Pero era incierto: estaba harto de ésta vida. De vivir rodeado de ignorancia y egoísmo. Quería vivir de verdad. Empezar a vivir, se dijo, a mis años, qué gracia. Se sintió, de pronto, un poco como Don Quijote, y eso le reconfortó.
El tren entraba en el andén dos. El viejo, sonriendo a medias, cogió sus maletas y subió al vagón.
El reloj de la estación marcaba las tres en punto.
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Un balón rojo.
Cuando me desperté en el hospital, lo primero que vi fue un balón rojo, grande, reluciente. ¿Es para mí?, pregunté, y Mamá, con la cara como una alcachofa, me abrazó diciendo mi niña mi niña y llorando. Papá suspiraba y miraba al techo, y gruñía, Adelina, por dios, otra vez vas a llorar, otra vez, por dios, mantén la calma, mantén las formas. Adelina, es decir, Mamá, no mantenía ni las formas ni nada que se le pareciese, porque seguía llorando un montón, casi gritando, mi niña, por dios bendito, pueblo de salvajes, qué te hicieron, por dios. Me soltó un poco el abrazo y me miró a la cara y me dijo: nos iremos de aquí, lejos. Lejos, te lo prometo, hija. Y yo, le dije que vale, para que se calmara. La verdad es que no estaría mal que nos fuéramos de verdad a otra parte, aunque siempre es lo mismo. A mí no me quieren en ningún sitio, y las cosas se van complicando, como dice Papá, se van complicando, y cuando dice eso yo pienso en una bola de nieve pequeñita que, al bajar por la ladera, se hace más y más gorda hasta ser gigantesca. El abuelo me contó una vez que la nieve, cuando se pone así, en forma de pelota enorme, puede aplastar pueblos enteros. No estaría mal que aplastara el pueblo en el que vivimos ahora. Aunque nos mataría a nosotros también, porque cuando Mamá dijo lo de marcharnos, Papá suspiró otra vez y apretó los dientes y dijo que no nos íbamos a ninguna parte, y Mamá le miró con su cara de odio infinito a muerte. Vamos fuera a hablar, le ha dicho a Papá, que no sé para qué se van, porque están gritando en el pasillo y yo lo oigo todo. Papá dice que soy su cruz, que la marca del demonio y tal y cual, y Mamá está enfurecida y le grita que es igual que todos esos campesinos analfabetos hijosdeputa, que lo que yo tengo en la cara no tiene nada que ver con el demonio ni con dios. Yo me toco la cara, que la tengo un poco hinchada todavía, y me da igual mi marca, me da igual todo. Me gustaría saber si el balón rojo es para mí, que es lo primero que he preguntado. No sé la respuesta todavía. Y no me atrevo a cogerlo. Bueno, como dice el abuelo, qué narices. Me lo quedo.
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Gracias a mi hermano (one more time!), la revista Babylon va a publicar un cuento mío. Ains, qué nervios. Que me va a leer más gente aparte de los coleguitas del blog y de los trolls de confianza. Ains, ains. Envié tres cuentos cortos: éstos que hay aquí son los descartes. El tercero lo colgaré cuando salga la revista...