martes 8 de septiembre de 2009

Crónica de agosto y Estoy que no estoy.

Después del cumple del Enano llegaron de pronto unos calores espantosos. Ya no nos valía ir a la piscina, ni bañarnos quince veces al día: no había forma de dormir ni ganas de comer. Así que cogimos lo imprescindible y, mientras ElChico se quedaba a aguantar las temperaturas, el curro y la casa vacía, Kalamito y yo nos fuimos con los Abuelos, a la casita de Laponia.
Laponia, en realidad, no se llama Laponia, aunque es el nombre oficial que tiene en mi familia. Es un pueblecito de tres casas que está al pie de un monte llamado El León Dormido, por la forma que tiene. Allí corria un vientecillo más fresco y por las tardes había que ponerse chaqueta. Dábamos paseos: el Abuelo conduce la sillita del Enano, que va diciendo "árbol, árbol", y señalando con su manita. La Abuela le enseña cosas: mira, ésto es avena silvestre, cuando le da el sol parece que brilla, magia. Yo me como las primeras moras de la temporada, (a ver, hija, ésas de ahí abajo no las cojas, que las habrán meado los perros. Vale, mamá, ya le has quitado toda la poesía al momento. Pero si es que parece mentira, que te tenga que decir éstas cosas tan obvias, nena. Ay, que sííí, que vaaaale, que sólo voy a coger las de arriba...).
El sábado, el Enano se queda tan contento con los abuelos y yo me escapo a ver a la otra familia: nos reunimos en Bilbao. De jaia. Bueno, yo no, yo sólo me quedo a pasar el día, porque soy una madre responsable y tal, ejum, ejem. Llego a San Mamés en un autobús que tarda siete mil horas, será la impaciencia, que me devora. Ainhoa me está esperando, risas, abrazos y blablablá, es que no podemos parar de hablar. Llegan Clara y Jorge y nos vamos al puerto viejo de Algorta, a comer algo. Damos un paseo por la playa, nos mojamos los pies y los pantalones, el agua está guarrísima, lo normal, ya te digo, no recordaba yo un día con tanto sol en todos los años que vivimos aquí. Hay silencios de esos de estar agusto de verdad. Se compran un helado y yo quiero un granizado, pero no hay. Hay mojito, eso sí, pues venga. Nos clavan, pero nos sabe a teta. Nos vamos al barrio, mira, sigue existiendo Drogas Antón, mítica tienda, mítico bar, mítica plaza, mítica calle, nuestro portal. Lo han reformado. Jorge llama al timbre, propaganda, y subimos, a mí me da mucha vergüenza, pero nos abren la puerta y él pregunta si allí vive Jorge, no, ah, perdón, me habré confundido, y nos vamos, el ascensor está como siempre y yo tengo una cosa rara en el estómago.
En San Francisco, los extranjeros somos nosotros, llega Josune y dejamos las maletas, me tengo que ir, me acompañan al bus y me dicen adiós con la manita. Total, que lo que se dice los cinco juntos, hemos estado una hora. Y me voy contenta pero triste porque estamos lejos y no puedo tomar café con ellos todos los días y vaya mierda y jolines. A la vuelta, el Enano dice "¡mi mami!" y sonríe, y se me pasa la pena casi del todo.
Luego se pasa el calor y volvemos a nuestra casa. Enseguida el Enano empieza el cole, y yo dejo de mirar con recelo los tomos de la oposición y me decido a abrirlos.
Y en eso estoy. Estudiando. Necesito concentrarme, y aprovechar el tiempo, porque lo que tenga libre será para Quique. Así que estaré ausente. No sé si del todo, puede que alguna vez me de por colgar algo, pero es poco probable. Y seguiré leyendo las cosas que algunos de vosotros escribís. Y echaré de menos ésta ventanita.
Volveré en Junio, tras el examen.
Saludos y hasta pronto, torpes.

viernes 14 de agosto de 2009

Qué cosas.

De noche es que me pongo a darle vueltas a las cosas y no paro, es que no paro. Yo qué sé, pues cosas. Cosas que me preocupan. Que no sé si te estoy enseñando bien, pues por ejemplo, a lo mejor, lo de dormir en la cama. Que tú estás muy tranquilo, y te ha parecido estupendo, pero yo le doy vueltas, a ver a santo de qué te cambiamos, con lo bien que estabas en la cuna. Y venga a pensar y a repensar y resulta que te acuesto y tú encantado, a dar palmas, que qué bien. Y yo desmontando la cuna como si dejara un trozo de alma por ahí, entre los barrotes de madera, fíjate que tontería, que de pronto ya no eres un bebé. Porque te veo bajarte de los sitios, que ya no vas de cabeza, sino con los pies, te deslizas, llegas al suelo, lo celebras, objetivo cumplido. O meter las piezas de madera en el sitio que encajan. Coges el triángulo rojo y lo metes en el agujero triangular, y yo es que no sé, me digo, pero bueno, si ya sabe, pero y cómo. Cómo hago yo ahora para no preocuparme por otras cosas, a ver, que sigas estando sano, que la vida no te putee más de lo estrictamente necesario para que no seas un estúpido. Que sepas resolver los problemas, porque los vas a tener, ay, claro, a montones, como todos. Que sepas relativizar, qué carajo, y cómo se enseña eso, si ni yo misma he aprendido, y pretendo que tú tengas todo lo que yo no tengo: paciencia, que eso ahora no toca, y yo, con lo impaciente que soy yo, a ver cómo carajo te lo pretendo enseñar. Claro que qué idiotez, si no hay más que verte. Que el otro día, estaba yo tan cansada, tan, tan no sé, excusas que pongo, porque no tengo excusa, y te grité, no mucho, pero te grité, una vez, ¡Quique, estate quieto!, y me callé, y te callaste, y me miraste abriendo mucho los ojos, y cuando yo, imbécil de mí, estaba ya a punto de llorar y de pedirte perdón, qué absurda, vas y te sonríes, me enseñas tus cuatro dientes, dos arriba y dos abajo, y dices tí, y toda tu risa, y tus palmadas, ja, ja, tí. Yo también tí, de verdad de verdad que yo también tí.

Qué cosas te cuento, hijo.


(le robo a Laura la canción que nos dedicó cuando naciste. Ya sé que a tí, últimamente, te hacen más gracia los Delinqüentes, pero qué le voy a hacer, a mí ésta me sigue emocionando. Ah, y que felíz cumpleaño, Enano).